La casa de un hombre es su castillo: fortificaciones domésticas

A. Roger Ekirch

Man’s House is his Castle: Domestic Fortifications

A. Roger Ekrich

“Marriage à la Mode”, lámina V. Grabado de William Hogarth,1745

I

Mucho antes de que los pueblos fortificaran sus puertas, en las comunidades de la temprana modernidad, la naturaleza señalaba la retirada del día; para muchas familias europeas, el ambiente rural –no los relojes– llevaba el ritmo de la vida diaria. Sólo las campanas de las parroquias, que sonaban a intervalos durante el día, rivalizaban con la precisión de la naturaleza. Innumerables augurios anunciaban el final del día, muchos de ellos descifrables inconscientemente y otros intuidos por la sabiduría recibida de generaciones antiguas: hacia el atardecer, los pétalos de las maravillas comenzaban a cerrarse, parvadas de cuervos regresaban a sus nidos y los conejos se ex-citaban cada vez más; las pupilas de las cabras y las ovejas –generalmente ovaladas– se volvían redondas. Ulrich Bräker, un joven pastor suizo, señalaba al recordar su trabajo: “los ojos de las cabras eran mi reloj”. 28120N1

Ningún otro momento del día despertaba tanta expectación como la llegada de la noche, así como ningún otro requería de tanta preparación. En días claros, la orientación venía del cielo, de la trayectoria descendente del sol que dejaba trazos de luz en el horizonte. Un napolitano del siglo diecisiete escribía que “el cielo se oscurecía para tomar el color del hocico de un lobo”. De cualquier forma, el horario natural más confiable se basaba en las sombras proyectadas por el descenso del sol; mientras su luz disminuía, el ojo humano percibía la oscuridad en etapas. Día tras día los campos caían infaliblemente en la oscuridad. En contraste con las latitudes mediterráneas, el crepúsculo de los países del norponiente europeo era muy prolongado. El típico hombre del campo –señalaba Thomas Hardy en Los habitantes del bosque (1887) – “puede ver en el paisaje un millar de tonos y cualidades sucesivos que jamás son percibidos por aquél que escucha regularmente las campanas del reloj”. 28120N2

Sólo de forma excepcional, el hombre preindustrial se detenía a reflexionar sobre la belleza del ocaso del día. En contraste con las alabanzas canta-das al amanecer, ni en la literatura contemporánea ni en la correspondencia o los diarios, hay evidencias de que alguien se maravillara con la puesta del sol. Más que de asombro, el territorio se estremecía de inseguridad; “comienza la noche y nos alerta para cobijarnos en casa”, escribía un poeta. Impacientes por evadir la noche, numerosos hombres y mujeres apresuraban el regreso al hogar, con la esperanza de volver sanos y salvos. Mientras el ocaso cobijaba el campo, los viajeros demorados decían estar “cubiertos” o “rebasados”. En ocasiones, la atmósfera miasmática de la noche parecía impenetrable a la vista. “Ven, espesa noche”, imploraba Lady Macbeth, “y ennegrécete en el humo más pardo del infierno”. 28120N3

II

Seguramente el término más común para el anochecer era “encerrarse”. Más que ninguna otra expresión, ésta capturaba las aprensiones populares. Después de un corto viaje, Samuel Sewall, el ministro de Nueva Inglaterra, apuntaba en su diario: “Llegué bien a casa antes de encerrarme. Alabado sea dios”. En cierto sentido, este término tan utilizado significaba metafóricamente el “encerrarse” de la luz del sol. Pero en un sentido práctico, “encerrarse” subrayaba la necesidad de los habitantes de echar el cerrojo a las puertas para protegerse del avance de la oscuridad. Un viejo proverbio inglés decía: “Los hombres cierran sus puertas ante un sol que se oculta.” 28120N4

El refrán “la casa de un hombre es su castillo” adquiría una gran importancia durante la noche. Esta desgastada expresión –que se remonta al siglo xvi– se aplicaba de la misma forma tanto a casas de palma como a las de cal y canto. De acuerdo a Sir Edward Coke, la casa servía al hombre tanto de “defensa de agresiones y violencia como para el reposo”. Como frontera sagrada, el umbral doméstico era limitado por una puerta y un alféizar de piedra o madera. Por más expuestos que estuvieran durante el día, por la noche los umbrales domésticos representaban fronteras que los visitantes inesperados no debían cruzar.

A pesar de los miedos dominantes, durante la noche las familias distaban de estar indefensas incluso al carecer de la protección de las instituciones y depender en gran medida de sus propios recursos. Aunque todo el mundo contribuía, el cuidado y la protección de la familia recaían en el pater familias, la cabeza masculina del hogar. Antes que nada, al anochecer, toda la ropa y herramientas debían volver al interior del hogar; las puertas, ventanas y contraventanas se cerraban perfectamente y se echaban todos los cerrojos “por dentro, por fuera, por arriba y por abajo”, tal como un dramaturgo inglés lo describía para una casa georgiana. Al recordar su infancia bávara, el escritor Jean Paul reflexionaba: “nuestra estancia era iluminada y fortificada al mismo tiempo, es decir, los postigos se cerraban y atrancaban”. Los trabajadores más humildes también tomaban precauciones, ya que incluso los objetos más corrientes –comida, ropa y utensilios del hogar– atraían a los ladrones. Richard Ginn, quien trabajaba para un fabricante de carruajes, declaraba: “mi casa siempre se cierra a las ocho y media cuando regreso de trabajar, pues puedo ser asesinado como cualquier otro hombre”. Como muchos que se ganaban el pan lavando, Anne Towers guardaba “una gran cantidad de ropa”, además de sus objetos personales, en su casa de Londres, en Artichoke Lane: “todas las noches paso por ahí para verificar que todo esté seguro”. 28120N5

En las casas de adinerados, grandes puertas de madera, colocadas en marcos de piedra, aseguraban la entrada; bisagras y pestillos de hierro sumaban fuerza a las gruesas tablas. De cualquier manera, una gran cantidad de cerraduras proveía escasa seguridad. El mecanismo típico, común desde tiempos medievales, permitía que una llave empujara un pasador dentro de un canal y asegurara así la puerta. Hasta la aparición de la cerradura “tumbler” en el siglo XVIII fue que éstas pudieron resistir la destreza de los ladrones experimentados. Mientras tanto, las familias recurrían al uso de dos cerraduras en las puertas exteriores, reforzadas desde el interior con candados y barras de hierro. 28120N6

Pero las ventanas eran los elementos más vulnerables. A pesar de su pequeño tamaño, para los estándares modernos, las ventanas representaban los puntos más débiles del perímetro de una casa. Mientras que los más humildes cubrían los vanos con diferentes telas, durante la baja Edad Media las casas aristocráticas comenzaron a presumir de ventanas acristaladas. Sólo hasta el siglo xvi las hojas de vidrio comenzaron a ser utilizadas en las casas de la clase media. Además de guardar calor, las ventanas protegían del viento y la lluvia. Los postigos de madera protegían tanto de intrusos como de elementos naturales, especialmente si durante el invierno se les aplicaba barro o musgo como aislante térmico. 28120N7

En las casas preindustriales era común utilizar rejas o barras de hierro en la planta baja, lo cual frecuentemente producía su asociación a cárceles o monasterios, de forma que para un visitante en Madrid parecían “más como prisiones que las habitaciones de personas libres”. Incluso donde las condiciones de vida eran las más humildes, las barras de acero, a falta de ventanas de vidrio, eran consideradas una necesidad. Un viajero por el norte de Francia señalaba “la gente es muy pobre y vive en las más terribles chozas […] no hay cristal en las ventanas, sino barras de hierro y postigos de madera”.Por supuesto, las familias hacían esfuerzos extraordinarios para proteger bienes como dinero, plata y joyas. En las casas de los adinerados los cofres de roble, reforzados con cerraduras y barras de hierro, eran muy comunes. A finales del siglo XIV Paolo da Certaldo aconsejaba “guardar siempre todas tus cosas del día cada vez que se vayan a dormir”. Samuel Pepys escondía sus objetos de valor por todas las habitaciones de su casa, incluso en el vestidor, estudio y sótano, donde almacenaba diversos cofres de hierro. “Sufro enormemente al pensar dónde colocar todo mi dinero –se quejaba– al ser del todo inseguro guardar todas las monedas en un solo sitio”. Como podemos observar en los cuentos de hadas, los escondites no se reducían a las casas. Además de armarios, cofres y camas, incluían pozos secos y troncos huecos de árboles. Para los aldeanos del siglo XVIII del Languedoc, enterrar los tesoros familiares en un terreno cercano constituía una de sus tácticas favoritas. 28120N8 Todas estas medidas constituían una primera línea de defensa de las familias. También existían precauciones diseñadas para alertar a los habitantes somnolientos, tales como instalar campanas en los postigos. Ocasionalmente, en las casas de los ricos se empleaban guardias y, para finales del siglo XVII, trampas mecánicas.

En 1675 el autor de Systema Agriculturae recomendaba colocar pichos afilados de hierro en el suelo, rodeados por alambres de púas de cobre, los cuales “no son visibles por la noche”.La mayoría de los habitantes de una casa estaban armados incluso mejor que los miembros de la patrulla nocturna. El arsenal doméstico estaba compuesto de espadas, picos y armas de fuego o, en hogares con recursos más limitados, garrotes y palos, ambos capaces de asestar golpes mortales. Una vez que las familias se retiraban por las noches, sus miembros mantenían las armas muy cerca. El bastón de cama –un palo de madera pequeño y fuerte usado en pares a cada lado de la cama para sostener las sábanas en su sitio– era utilizado comúnmente como garrote. El bastón de cama gozaba de una amplia reputación como arma práctica –de ahí la expresión “en el pulso de un bastón de cama”.Las armas de fuego, debido a sus mejoras en cuanto a precisión y otros avances, se volvieron más comunes en las casas a partir de mediados del siglo XVII. Entrada la noche, James Boswell –ansioso por prender su vela– desistió de buscar su yesquero por miedo a que el dueño de su casa –quien siempre mantenía a su lado un par de pistolas cargadas– lo confundiese con un ladrón.

Las fatalidades accidentales nocturnas eran un riesgo común. Cualquier luz o ruido extraño llevaba a los habitantes a su límite. En Nueva Inglaterra a los colonos se les disparaba en algunas ocasiones al ser confundidos con indígenas. 28120N9 Los perros guardianes merodeaban dentro y fuera. En el campo realizaban una tarea doble: protegían de los ladrones y también de los predadores. De acuerdo con William Harrison, el gran mastín (derivado de master thief) adquirió su nombre por su destreza contra los ladrones. Era rara la noche en que en las poblaciones de la modernidad temprana no resonaran ladridos esporádicos. Un escritor del siglo XVI establecía como cualidades fundamentales de un perro guardián que fuese “grande, peludo, con una cabeza grande, piernas grandes, lomo grande y mucho valor” (“grande”, por supuesto, era la característica fundamental). Mucho mejor –concordaban los comentaristas– si el perro era negro, para que pudiese sorprender a un ladrón en la oscuridad. El valor de un perro guardián yacía tanto en su ladrido como en su mordida. Sus dueños, sólo por el tono y la intensidad del ladrido, podían determinar la presencia de un intruso. Igualmente importante era su capacidad de disuasión. Un ladrón declaraba que “cada vez que salía en una expedición de este tipo, inmediatamente desistíamos ante el ladrido de un perro, ya que asumíamos que la casa estaba protegida”. Los ladrones experimentados envenenaban a los perros guardianes, pero esta acción implicaba un gran riesgo; en Londres, después de arrojar comida envenenada a un muro, un ladrón impaciente entró a la propiedad apresuradamente y fue gravemente agredido. 28120N10

III

Es así que las familias adoptaron muchas medidas de sentido común para proteger sus casas de los intrusos: cerraduras, perros y armas. Dentro del espectro social las defensas variaron más en grado que en tipo, por lo que la mayoría de los hogares, aun siendo modestos, tomaban providencias para salvaguardar sus vidas y sus propiedades. Además de estas precauciones rudimentarias, la fe religiosa proveía de un importante sentido de seguridad. Mientras la mayoría de los habitantes eran ignorantes de los principios básicos de la teología cristiana, Dios, para muchos creyentes, no era sólo una abstracción sin vida, limitada en palabra y hecho a las páginas inanimadas de las escrituras: tanto para protestantes como católicos, su presencia afectaba a cada esfera de la existencia diaria, incluyendo el bienestar físico y mental. “Si no fuera por la providencia de Dios –preguntaba Sarah Cowper– ¿qué seguridad tendríamos?” 28120N11

Pocas veces fue tan valorada la protección de Dios como durante la no-che; los peligros eran mayores y menos predecibles. La venerable expresión “buenas noches” se deriva de la frase “que Dios te dé una buena noche”. Las cerraduras y los pestillos, por sí mismos, proporcionaban poca seguridad frente a los secuaces de Satanás. Existían plegarias especiales, no sólo para la hora de dormir, sino para la puesta de sol y el atardecer. De su infancia luterana en Alemania, Jean Paul recordaba que su familia, “al repicar de la campanada del atardecer”, unía sus manos en un círculo para cantar el himno “La oscuridad de la noche con su poder desciende”. Con huestes de ángeles a sus órdenes, Dios, en su infinita misericordia, mantenía los terrores nocturnos acorralados. Un sacerdote francés aconsejaba: “al oír cualquier ruido o crujido extraño en una casa, encomendémonos fervientemente a Dios”. 28120N12
Las familias preindustriales también abrazaron lo oculto. Las creencias y las prácticas que las autoridades religiosas condenaban crecientemente como superstición, eran vistas de forma más benigna por la mayor parte de los laicos. En lugar de rivalizar con la palabra de Dios, la magia popular equipó a los hombres y mujeres ordinarios con medios adicionales para combatir las artimañas de Satán. A nivel práctico, para los ojos de muchos, no había contradicción entre la fe y lo oculto.

La magia popular se enraizaba en siglos de tradición rural. Cada gene-ración heredaba de sus ancestros una antigua fe en la importancia de las creencias y las prácticas sobrenaturales, “transmitidas de una generación a otra”, como observó un ministro de Escocia. El conocimiento especializado de conjuros mágicos provino de hechiceros que habitaron en las comunidades premodernas –“brujas blancas” y “curanderos” hombres y mujeres, incluyendo los kloka gubbarna y los visa kärringarna de Suecia, los saludadores de España y los giravoli de Sicilia. A menudo era su maestría íntima de la magia la que permitía a los vecinos manipular las fuerzas sobrenaturales. En 1575, un clérigo alemán reportó desde Neudrossenfeld: “la magia y el recurso de los adivinos se han vuelto muy comunes debido al robo, y por consecuencia muchos utilizan la magia en tiempos de enfermedad y mandan llamar a los adivinos”. A diferencia de la “magia negra”, practicada para provocar daño, la “magia blanca” era benéfica. En Inglaterra, para gran disgusto de las autoridades eclesiásticas, los curanderos igualaban en número al clero. Un pastor luterano se lamentó de sus feligreses: “mantienen a estas personas en sus corazones como a un dios”. 28120N13

En el arsenal de un hogar había ante todo “conjuros nocturnos”. Al contener elementos tanto cristianos como de lo oculto, éstos cuidaban las casas, el ganado y los cultivos de los ladrones, el fuego y los espíritus malignos. Un proverbio inglés imploraba: “De elfos, duendes y hadas / que molestan nuestros días / de los dragones de fuego y sus amigos / y otros que el diablo envía / ¡defiéndenos buen Dios!” 28120N14 Con un propósito similar existían amuletos, desde cráneos de caballo hasta botellones conocidos como “botellas de bruja”, los cuales típicamente contenían una selección variada de objetos mágicos. El contenido encontrado al desenterrar algunas de estas botellas incluía alfileres, uñas, cabello humano y orina seca. Eran muy valorados en todas partes los amuletos fabricados en acero, material preferido ampliamente por sus propiedades mágicas sobre el cobre o la piedra. Colgadas para mantener alejados a los espíritus malignos, las herraduras de caballo eran comunes en toda Europa y en la América de los primeros colonos. “Clava una herradura de caballo en el interior del umbral límite del exterior de tu casa –instruía Reginald Scot en 1584– y así te asegurarás de que ninguna bruja tenga poder para entrar”. 28120N15 Entre los esclavos de las Indias occidentales británicas, el uso de amuletos, pócimas y fetiches, era rutinario. De origen africano occidental, éstos incluían una combinación de cristal roto, sangre, dientes de caimán y ron, colgados en chozas o en el jardín para asustar a los espíritus malignos y a los ladrones, quienes, de acuerdo a un viajero, “se estremecían al verlo”.

De la misma forma en que las familias fortificaban puertas y ventanas contra los ladrones, colocaban objetos con poderes sobrenaturales en las entradas de los hogares. Cruces pequeñas, agua bendita, velas de consagración, cenizas e incienso ofrecían protección espiritual. En el exterior de las casas judías eran comunes las mezuzahs, pergaminos encapsulados con versos bíblicos fijados al quicio de la puerta. 28120N16 Existían objetos menos ortodoxos; además de las herraduras de caballo, las puertas soportaban cabezas de lobos y ramas de olivo. Para evitar que los demonios descendieran por las chimeneas, dejar suspendido el corazón de un toro o un puerco arriba del hogar, de preferencia clavado con alfileres y espinas, era una precaución ritual en la Inglaterra occidental. En Somerset, los corazones marchitos de más de cincuenta puercos se descubrieron en una sola chimenea; mientras que en Suabia, para protegerse del fuego, las familias eran impelidas a enterrar debajo de sus umbrales el estómago de una gallina negra, un huevo puesto en Jueves Santo y una camisa mojada en la sangre menstrual de una virgen, todo mojado y unido con cera. 28120N17

Para la gente común, confrontada ante un cosmos de incertidumbre, lo oculto formaba una parte importante de sus vidas. Por lo menos la existencia de fuerzas sobrenaturales proporcionó otra manera de entender las desgracias de la vida –servía para hacer más comprensible las incertidumbres aterradoras de la vida diaria. John Trenchard, autor del libro La historia natural de la superstición (1709), confesó: “la naturaleza en muchas circunstancias parece trabajar por medio de una magia secreta y por caminos que son difíciles de explicar”. Mientras la religión proveía, en palabras de Keith Thomas, “una visión global del mundo”, el papel de la magia estaba más delimitado, confinado en gran medida a problemas concretos y su solución. Si lo oculto no se abocaba a los más grandes misterios de la vida, no obstante hizo la vida cotidiana más susceptible al control humano, sobre todo en las horas después de la puesta del sol, cuando el mundo parecía más amenazante. 28120N18

2 8 A R Q U I T E C T U R A, C I U D A D Y O S C U R I D A DAutores
EditorialCristina López Uribe
I N V E S T I G A C I Ó N 
Los hilvanes del sastre Sistemas de techos altos en la arquitectura de Amancio WilliamsLuis Müller
Caracterización de la noche metropolitana. El espectáculo de la luz eléctrica a finales del siglo xixDavid Caralt
La noche y la Ciudad de MéxicoAlejandra Contreras Padilla
Ciudad paisaje: Naturaleza y regeneración urbana en las ciudades americanasJuan
Juan Luis de las Rivas Sanz
Miró Sardá
La arquitectura de los cinemas de circuitos británicos en los años treinta: una mirada a través de las investigaciones de Allen EylesAndrés Ávila Gómez
Museo moderno frente a Museo contemporáneoÁngela Baldellou Plaza
En torno a Los Manantiales: la reconciliación con el territorio lacustre en XochimilcoAlejandro
Marisol Montserrat Nuñez Alfaro
González Pacheco
La casa de un hombre es su castillo: fortificaciones domésticasA. Roger Ekirch
E N S A Y O 
As the dawn draws ever nearerJoachim Schlör
El espacio del curador. Espacio para exposición en Stampa, SuizaDavid Haber
R E S E Ñ A S 
Edificio de la licenciatura en ciencia forense ciudad universitariaFernando Tepichín Jasso
El hombre de la multitudEdgar Allan Poe
La fórmula de Andrés lhimaJosé Manuel Márquez Corona
Attolini: Casa GálvezCaribde
Sara Grecia Palacios Pérez
Martínez Martínez
De Concursos y TamalesGonzalo Mendoza Morfín
Reseñas de librosSebastián Rivera Tiol
Sara Martínez Martínez
Marcos Mazari Hiriart
  
  

“Night”, grabado de William Hogarth, 1736

IV

Una meditación religiosa del siglo xvi declaraba que “Sin velas, todo podría ser horror”. 28120N19 Cada noche, la oscuridad misma, no sólo los peligros que desataba, era expulsada de las casas. Con fuego y combustibles, hombres y mujeres creaban para sí mismos oasis de luz en medio de la oscuridad. Por supuesto, la luz tenía una enorme importancia sobrenatural; cargada de simbolismo religioso, también poseía propiedades mágicas que provenían de los tiempos paganos. Las chispas de la flama de una vela presentaban importantes presagios para el futuro. Los campesinos del alto Languedoc coronaban sus conversaciones al prestar juramentos “bajo la luz de la hoguera” o “bajo la flama de una vela”. Por la noche era tan importante el carácter preventivo de la luz que en Alemania una gran vela se encendía para ahuyentar los espíritus malignos y las tormentas, así como en Polonia las velas tenían la fama de prevenir que el diablo atemorizara al ganado. En algunas partes de las islas británicas, para protegerse de los demonios las personas “cortaban” o circundaban las construcciones y los campos de cultivo con candelas encendidas. 28120N120

También era común –por supuesto que sólo para aquellos que podían pagarlo– el uso de velas para ahuyentar a los ladrones. Además de impedir el anonimato a malandrines, la luz artificial significaba actividad humana. Cuando las ventanas de su sala estaban en reparación, William Dyer de Bris-tol mantenía una vela encendida durante toda la noche para disuadir a los “depredadores nocturnos”. En el Auvergne de Francia, el crimen mantenía tan alarmados a los vecinos a mediados del siglo xvii que un oficial reportaba que “estos hombres vigilaban toda la noche manteniendo una lámpara encendida, temerosos de la llegada de ladrones”. 28120N21

De cualquier manera, el valor principal de la luz consistía en expandir los límites del espacio doméstico para el trabajo y las reuniones sociales. Durante las largas noches del invierno, el hogar producía el mayor brillo; incluso en las casas con más de una habitación se convertía en el foco de la vida nocturna al combatir la fría oscuridad con calor y luz. Debido a la importancia del hogar para la vida doméstica, el cobro de impuestos se basaba en el número de ellos con que contaba una vivienda. Las chimeneas aparecieron por primera vez en Inglaterra en el siglo xiii, pero no fue hasta el siglo xvii que en muchas casas le quitaron la importancia al hogar abierto, rodea-do por piedras o por arcilla endurecida. A pesar de la propagación gradual de los hogares en las recámaras privadas, la gran mayoría de las casas en Inglaterra y Francia en el siglo xvii aún contenían un único hogar. Casi todas se construían de piedra o de ladrillo, pero algunas chimeneas rurales se hacían de madera y adobe. A pesar del costo, los hogares eran desordenados y peligrosos. “Es más fácil construir dos chimeneas –declaraba un proverbio– que mantener una”. También eran muy poco eficientes, ya que se perdía la mayor parte del calor por la parte superior de la chimenea hasta la introducción de los conductos en el siglo xviii. Las estufas ofrecían una alternativa común al hogar en Alemania, Europa del Este y en partes de Escandinavia; comenzaron a aparecer en las casas de las clases altas de Inglaterra en el siglo xvi, quienes las usaban ocasionalmente para quemar carbón; sin embargo como fuentes de luz eran sustituto pobre de un hogar. 28120N22

En las comunidades protomodernas un amplio espectro de iluminantes proporcionaba luz. Todas, a pesar de su diversidad, confiaban en el medio más común, el fuego: fue hasta el siglo xx que la mayoría de las casas cambiaron a una tecnología radicalmente distinta en forma de electricidad. Además de los hogares, en realidad sólo había tres tipos básicos de iluminación preindustural, ninguno de los cuales ha cambiado en esencia desde hace más de mil años. Los más difundidos fueron las velas, un tipo de combustible sólido en el que era encerrada una mecha en cera o grasa animal, y lámparas, en las que el aceite era vertido por una mecha desde un pequeño recipiente. De hecho, la parte de arriba de una vela en realidad funcionaba como una pequeña lámpara, con la mecha suspendida en un charco de aceite. Más bruto en forma que las velas o las lámparas eran las astillas de madera llamadas candlewood (madera resinosa), las cuales mantenían una llama constante. 28120N23

En los países angloparlantes, y en la mayor parte del norte de Europa, predominaron las velas, particularmente entre las clases adineradas. Introducidas por los fenicios, las velas de cera de abeja se hicieron populares antes que nada entre los aristócratas de la alta Edad Media. Reconocidas por su agradable olor y la claridad de su flama, fueron las preferidas de los dueños de casa refinados. De calidad equivalente, con el crecimiento de la caza de ballenas en el Atlántico norte a principios del siglo xviii, eran las velas de cera de cachalote, fabricadas a partir de una cera líquida de color rosado encontrada en la cabeza de estas ballenas. Este material era costoso: aunque los precios fluctuaban con el tiempo, ningún tipo de vela de cera fue accesible masivamente.

En contraste, las velas de sebo ofrecían una alternativa menos costosa. Sostén de muchas familias, su cuerpo estaba hecho de grasa animal, de preferencia formada a partir de carne de carnero que en ocasiones se mezclaba con sebo de vaca. A diferencia de las velas de cachalote, aquellas fabricadas a partir de grasa animal emanaban un olor rancio producto de las impurezas propias de la grasa. Shakespeare describe en Cymbeline (ca. 1609), “Base and unlustrous as the smoky light that’s fed with stinking tallow” [Vulgar y poco lustroso como la luz ahumada que es alimentada con sebo hediondo]. Con-forme se iban consumiendo, la calidad de la luz de las velas de sebo se iba deteriorando. Además, requerían de una atención constante para evitar el desperdicio de grasa; a menos de que fuese cortada cada quince minutos, los restos de la mecha de tela que caían podían crear un canal de grasa derretida alrededor de la vela. Trozos carbonizados de la mecha, conocidos como mocos, representaban un riesgo de fuego según dónde cayeran. Asimismo, las velas de sebo requerían un almacenamiento cuidadoso para que no se derritieran o cayeran en las garras de roedores. De cualquier forma y a pesar de muchos inconvenientes, incluso en las casas de la aristocracia se dependía de ellas para los usos básicos. En la villa campestre de Castletown –hogar del irlandés más rico de su tiempo, Thomas Connolly– alrededor de 2127 libras de sebo abastecían de velas tan sólo en el año de 1787, compara-das con las 250 libras de cera de abeja reservadas para lugares como el salón o el comedor. 28120N24 Sólo en ocasiones especiales las velas de cera eran utilizadas para iluminar cenas de la burguesía. Para complicar aún más el uso de velas de abeja y de sebo, éstas estaban gravadas –al menos en Inglaterra– con impuestos, por lo menos en el siglo dieciocho. Al mismo tiempo, la fabricación doméstica de velas estaba prohibida. 28120N25

Para las familias que se encontraban en los peldaños inferiores de la escala social, las antorchas [juncos cubiertos de grasa] constituían un rudimentario sustituto. Aunque similares a las velas en cuanto a su fabricación, estaban exentas de impuestos. Hechas en casa, las antorchas eran fabricadas con juncos silvestres, para los que el clima húmedo de Bretaña era muy adecuado. Después de secarse y pelarse –excepto por una pequeña porción que se usaba como soporte– la médula era sumergida varias veces en grasa de pollo caliente que posteriormente se dejaba endurecer. Suspendida horizontalmente en una base de hierro ligeramente inclinada, la típica antorcha –medía más o menos 60 cm– ardía durante casi una hora, aproximadamente la mitad del tiempo que una vela de sebo.

En grandes zonas de la Europa continental las familias dependían de lámparas de aceite. Fuera de las islas británicas había menos rebaños de ovejas para proveer de grasa, pero existían abundantes fuentes de aceite. Más aún, las temperaturas más cálidas –al menos en los países mediterráneos– ha-cían problemático el uso de las velas de cera debido a su bajo punto de fusión. A la inversa, en Bretaña y en otros climas del norte algunas variedades de aceite corrían el riesgo de congelarse durante los meses de invierno. Las lámparas de aceite comprendían desde las de concha de callo de hacha y caracola hasta las más comunes: recipientes de hierro alargados con una manija en su ex-tremo; por otro lado se encontraban los pabilos sumergidos en aceite. Estas mechas requerían de cortes pero sólo medio litro de aceite podía mantener encendida una flama durante horas. Plantas y árboles constituían fuentes de aceite, entre ellas el lino, la semilla de colza, el olivo y el nogal. En las zonas costeras, el hígado de los peces era muy valorado, mientras que el fulmar, ave marina que tenía su hogar en las islas del Atlántico norte, al ser molestado, regurgitaba un líquido utilizable para lámparas. En las islas Shetland del norte de Escocia, sus residentes usaban el cadáver del pájaro conocido como petrel como lámpara al ensartarle un palo por la garganta. 28120N26

En Francia, una antorcha fabricada a partir de grasa de cerdo se conocía como meche de jonc; en Alemania, como Bisenlicht. Las familias de escasos recursos encontraban una alternativa en las velas de madera donde hubiese pinos y abetos en abundancia. Comúnmente se desnudaba a los troncos de su corteza y se consumían en posición vertical. Una vez talados, las astillas de los árboles muertos –impregnados de una resina oscura y de lento consumo– ardían como pequeñas antorchas en bases de hierro. El extremo encendido de la astilla apuntaba hacia abajo, de manera que preservara su flama. Los nudos de la madera de pino también se utilizaban, tanto para leña como para fuentes de luz. Había un amplio uso de candlewood desde Suecia hasta las Islas Canarias. Los arqueólogos rusos, mientras investigaban sitios medievales en Novgorod, descubrieron astillas de pino unidas para hacer antorchas. Una variación del candlewood, conocida como bogwood, se podía encontrar al norte de Inglaterra y Escocia. Junto a las ramas ex-traídas de los abetos muertos, los residentes desenterraban los troncos en descomposición de los pantanos, no sólo de abeto, sino también olmos y robles repletos de resina.

Tal vez en ningún otro lugar como en América, donde bosques espesos de pino poblaban las costas del este, se utilizó tanto la madera resinosa [ocotillo, como se le conoce en México]. Sin duda, los colonos ingleses, al adoptar esta tecnología, aprovecharon la experiencia de las tribus indígenas. Una descripción temprana de Nueva Inglaterra señalaba: “aquí hay buena vida para aquellos que gustan de las buenas hogueras. Y aunque Nueva Inglaterra no cuenta con grasa para fabricar velas, la abundancia de pescado provee de suficiente aceite para lámparas. En efecto, nuestros árboles de pino, que son los más vastos, nos permiten la producción de muchas velas, las cuales son muy útiles en las casas, y son justo esas velas las que los indios usan comúnmente en ausencia de cualquier otra”. 28120N27

Innumerables convenciones regulaban el uso de la luz artificial. El uso que las familias preindustriales hacían de ella estaba restringido por consideraciones de seguridad y economía. La reglamentación controlaba no sólo el acceso a velas y lámparas, sino también la hora y el lugar de su empleo; no todas las personas, los horarios y los lugares se consideraban iguales. Muy alto en la escala de utilización indebida estaba el “quemar la luz de día”, es decir, utilizar la luz artificial innecesariamente durante el día. Desperdiciar la luz de las velas era sinónimo de derroche y despilfarro. Se consideraba como individuos naturalmente irresponsables a los niños, sirvientes y esclavos, quienes recibían una vigilancia especial. Tal fue la indignación del jardinero de Virginia William Bird II al descubrir a su esclavo Prue al “quemar la luz de día” que “le saludó” con una patada. 28120N28 Normalmente ni siquiera el crepúsculo producía los primeros destellos de las lámparas de las casas. Al intervalo entre el atardecer y el anochecer en Islandia, y en la mayor parte de Escandinavia, se le conocía como “el descanso del crepúsculo”, un hiato durante el cual la luz era tan tenue que no se podían realizar las labores habituales pero en el cual tampoco había suficiente oscuridad como para encender las velas o lámparas. Así, las personas reservaban esta hora previa a las tareas nocturnas para descansar, orar o conversar silenciosamente.

A la mayoría de los sirvientes les estaba prohibida la posesión de sus propias lámparas, ni siquiera para encontrar el camino a sus camas. En la comedia The Drummer (1715) de Joseph Addison, la amante del propietario de una casa explota de indignación al darse cuenta de que su sirviente usaba lámparas en su habitación. “¿Tienen miedo los granujas de dormir en la oscuridad?”, le preguntaba a su sirvienta. Aunado a este desperdicio, transportar una llama sin protección provocaba que el combustible se con-sumiera más rápido y siempre existía el riesgo de un incendio de camino a la cama y aun después. 28120N29

A cualquier hora de la noche las familias debían recorrer sus casas en la oscuridad y percibir cuidadosamente su recorrido a través de salones y habitaciones que les eran familiares. El sentido del tacto era crucial. Los individuos confiaban por completo a la memoria la topografía de sus viviendas, incluso el número exacto de peldaños en las rampas de las escaleras. Otros, al encontrarse en ambientes con los que no estaban familiarizados, debían arreglárselas como podían. Rousseau recomendaba en Emilio aplaudir cuan-do uno se encontraba en una habitación desconocida. “Percibirás por la resonancia de un lugar si el área de éste es grande o pequeña, si te encuentras en el centro o en una esquina”. La ausencia de iluminación en las casas desplegó una gran cantidad de estrategias ingeniosas, la mayoría de ellas, sin duda, transmitidas de una generación a otra. En la elegante casa de dos pisos que alguna vez dominó la plantación de Sotterley en la Maryland colonial, existe hasta nuestros días una muesca en el barandal que lleva al segundo piso, ubicada en una abrupta vuelta a la derecha. En las casas escandinavas los muebles eran recargados en las paredes por la noche para evitar cualquier colisión; en todos lados era importante mantener una casa ordenada, para el caso de que se necesitara localizar una herramienta o un arma en la oscuridad. El dicho “todo tiene su lugar” cobraba mayor importancia durante la noche.

No se hizo demasiado sobre iluminación doméstica antes de la Revolución industrial. Un mundo de diferencia separa las lámparas modernas de sus predecesoras. La luz que emana de un simple foco eléctrico es cien veces más fuerte que la luz que emanaba una vela o una lámpara de aceite. Los observadores premodernos hablaban sarcásticamente de las velas que hacían “visible” la oscuridad. Un adagio francés decía: “visto a la luz de una vela una cabra parece una dama”. Aún más débil era el resplandor de los rushlights [velas hechas por la inmersión de una médula de junco en sebo]. En las casas de noche, pequeñas islas de luz pulsaban en medio de las sombras. Las mechas no sólo parpadeaban sino que a menudo escupían, humeaban y olían. “Siempre lista para desaparecer”, se lamentaba un ensayista de 1751 sobre la luz artificial o “luz prestada”. En lugar de inundar cada rincón y esquina de una casa, como lo hace hoy, la luz proyectaba una presencia débil dentro de la negrura. A diferencia de las lámparas arriba de la cabeza de las casas y oficinas, las velas y las lámparas se situaban a una menor altura, permitiendo un mejor acceso a las mechas. Los rostros familiares y el mobiliario, como consecuencia, tomaban un aspecto alterado. La visibilidad se limitaba a la fachada de un objeto, sin su parte superior y sin sus lados. Los techos se mantenían preponderadamente oscuros y muy frecuentemente no se podía ver de un lado al otro del cuarto. Por otra parte, las necesidades domésticas eran mucho más simples en esos tiempos; mientras las familias pudieran comer, socializar, realizar las tareas más sencillas y negociar los interiores de sus casas –mientras, en resumen, pudieran atender a las necesidades nocturnas– las condiciones en los hogares modernos tempranos, en este aspecto, como en otros, estaban lejos de ser intolerables. Tal como un inglés observó de la noche en 1626, “los ladrones, lobos y zorros ahora caen sobre su presa, pero con una fuerte cerradura y un buen ingenio, se llevarán una gran decepción”. 28120N30

 

A. Roger Ekirch

Profesor

Departamento de historia

Virginia Tech

Doctorado en historia

Johns Hopkins University

 

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Last modification: September 21, 2020

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