Errores concretos, o la magia de los cascarones

Concrete Errors, or The Magic of Shells

María González Pendás

Resumen

El error ha jugado un papel particularmente importante en el desarrollo de las tecnologías estructurales y constructivas del concreto, material cuya dimensión estética y mediática también ha permitido explotar el fallo desde su significado etimológico más sugerente, es decir, desde el del engaño o engatusamiento, a través de artimañas de lo visual propias de los mejores trucos de magia. Este artículo revela lo fundamental del error en la magia que sustentó a una de las arquitecturas de concreto más reconocidas y exitosas de la modernidad: los cascarones que Félix Candela realizó con su compañía constructora Cubiertas Ala a mediados del siglo xx. A partir de los dos errores más estrepitosos que sufrió Cubiertas Ala en sus dos décadas de vida: el colapso parcial de uno de los cascarones en construcción y el colapso financiero de la empresa, este artículo ofrece una nueva crítica histórica —y no matemática— de los cascarones, revelando lo fundamental del error cotidiano y encarnado en sus procesos de producción.

Palabras clave: concreto, derechos laborales, riesgo, Cubiertas Ala, IMSS

Infra-ordinario. A Description of Public Space Throughout Time

Fernando Gutiérrez Hernández and Ilkka Törmä

Abstract

Error has played a particularly important role in the development of the structural and architectural technology of concrete, a material whose aesthetic and mediatic dimensions have allowed for the exploration of error in its most suggestive meaning, that of deception through visual trickery, similar to magic. This article reveals the fundamental role of error in the magic behind one of the most renowned and successful examples of modernist architecture: the concrete shells built in the          mid-20th Century by Felix Candela and his construction company Cubiertas Ala. Starting with two of the company’s most resounding errors – the partial collapse of one of its concrete shells during the construction process and the company’s financial collapse – this article offers a new critical history of these concrete shells, revealing how crucial an embodied form of error was to their production process.

la.

Keywords: concrete, Labor Rights, Risk, Cubiertas Ala, IMSS

45 ARCHIVOS DE ARQUITECTURAAutores
EditorialCristina López Uribe
I N V E S T I G A C I Ó N 
The Role of Archives in the Graphic Restitution of Monuments: The Case of the Roman Bridge over the Ofanto River near Canosa di Puglia, ItalyGermano Germanò
Notes from an Archiving Project: Building the Private Archive of an Architect in TurkeySelda Bancı
El archivo como obra total. Amancio Williams y la construcción de su memoriaLuis Müller
¿Hacia una dispersión de archivos arquitectónicos?Sergio M. Figuereido
Cuidar en el archivo de arquitectura: una subversión matrísticaLuz Marie Rodríguez López
El legado de George y Geraldine Andrews para México en los Alexander Architectural Archives de AustinLaura Gilabert Sansalvador
Mónica Cejudo Collera
El archivo y la biblioteca: una provocación para otra historia de la arquitectura del siglo XIXM. Fernanda Barrera Rubio Hernández
Archival Impression: (Re)Collecting Gordon Matta-ClarkMarcelo López-Dinardi
E N S A Y O 
Margot's Dilemma: Exit Through the Back DoorTania Tovar Torres
El archivo jovenGuadalupe E. Luna Rodríguez
Patrimonio documental: memoria y futuro del Archivo de Arquitectos MexicanosLourdes Cruz González Franco
Elisa Drago Quaglia
María Eugenia Hernández Sánchez
Le Centre d’archives d’architecture du XXe siècle de la Cité de l’architecture et du patrimoine. Entrevista a David Peyceré Director del Centre d’archives d’architecture du XXe siècleAndrés Ávila Gómez
R E S E Ñ A S 
En torno a la exposición L'art du chantier. Construire et démolir du XVIe au XXIe siècleAndrés Ávila Gómez
Reseña de la exposición: Unterm RadarMichael Andrés Forrero Parra
Reseñas de librosCamilo Alejandro Moreno Iregui
Pamela Caparroso Gutiérrez
Lilián Martínez Villazón Robledo
  
  

En su décimo libro, dedicado a máquinas y técnicas de construcción y guerra, Vitruvio cuenta la historia de Paconio, un contratista llamado a solventar un error estructural en la colosal estatua de Apolo. Para evitar el fallo definitivo de la estructura —el colapso de Apolo— o al menos para solventar el temor de los humanos a las consecuencias divinas de tal error material, Paconio habría de sustituir la agrietada base de la estatua sin afectar la estabilidad del dios. En la descripción del caso, Vitruvio demuestra su exasperación frente al hecho de que Paconio, en “un prurito de vanidad,” se negase a utilizar el mecanismo de tracción que Metágenes, otro constructor de la época, había ideado para mover estructuras de gran peso: un sistema de ruedas, anillas y fustes que Vitruvio detalla con precisión. A pesar de la credibilidad de la máquina de Metágenes, o de su demostrada resistencia al error, Paconio decide innovar. El error no tarda en llegar. Afortunadamente para los humanos, el fallo no será estructural sino económico. Como lo cuenta Vitruvio, con el nuevo sistema de carga “resultaba imposible mantener la línea recta y la máquina se desviaba hacia un lado, lo que hacía necesario retroceder continuamente. Con tanto ir hacia delante y hacia atrás, Paconio agotó el presupuesto y resultó insolvente.” 3832N1 El colapso en el que resultó tal error no fue el de Apolo sino el del contrato de Paconio.

Aunque traído de la época clásica, el episodio sugiere el decisivo papel que el error ha venido jugando en procesos de desarrollo tecnológico, de innovación en diseño y de riesgo en la economía —intrínseco, por tanto, a la especulación propia de la arquitectura. Los errores han resultado tan inevitables como definitorios en procesos de modernización en cualquiera de sus versiones temporales y geográficas, episodios normales y normativos que a menudo guardan las claves del éxito. 3732N2 Testigo del momento límite —la circunstancia en la que un material falla y una técnica se malogra, una idea se resiste a la práctica, una especulación financiera se tuerce en pérdida o un cuerpo se agota— el error ha sido históricamente un fructífero repositorio de información, si bien a menudo de dramáticas consecuencias pero eficiente en cuanto a la implantación de mejoras de sistemas, protocolos de regulación y mecanismos de seguridad y control de riesgo. Y, sin embargo, tal y como ha demostrado el sociólogo Charles Perrow en su estudio sobre la dimensión social de los accidentes propios del sector tecnológico, el error rara vez minimiza el riesgo. Muy al contrario, la información facilitada por accidentes, por muy monumentales que estos sean, ha venido típicamente a alimentar la ambición humana por mayor complejidad en sistemas tecnológicos o financieros, prolongando así la posibilidad de error y aumentando el riesgo. 3732N3 Esta paradoja, donde las evidencias reveladas por el error se tornan en nuevas incertidumbres, hace pensar en el origen etimológico de una palabra equivalente al error, el fallo; del verbo latino fallere que en la época clásica se refería concretamente a tropezar o hacer caer, implica en su significado figurativo el acto de engañar o embaucar.

La historia vitruviana del constructor, cuya creatividad conduce al fallo económico, nos invita a revisar, quizá bajo una nueva lente, la obra de uno de los más hábiles ilusionistas de la arquitectura mexicana, Félix Candela, bautizado como el “nuevo mago del concreto” por la revista Time en su ejemplar del 8 de septiembre de 1958 y como el “hechicero de los cascarones” en Architectural Forum un año más tarde. Aunque ausente en la recepción mediática de su obra, el error resultó fundamental para fraguar el indiscutible éxito de sus cascarones de concreto, un material con una estrecha y sugerente relación con el error. En sus seminales estudios sobre las estructuras de concreto, Jacob Feld ya lo apuntaba como esencial para comprender el comportamiento de este material en grandes construcciones. En su análisis del colapso de estructuras, el fallo sirve para reconocer pautas de diseño técnico que mejoren la utilización del concreto, cuyo uso se optimiza cuando la singular fluidez formal del material en producción se explota para concebir formas donde el concreto alcanza el límite del fallo estructural. 3732N4 Esa fue precisamente la genialidad de las superficies regladas que Candela construyera con la compañía constructora Cubiertas Ala, que fundó junto a su hermano Antonio a mediados del siglo XX. Pero además de sus notables capacidades estructurales, el concreto es un objeto cultural y un elemento mediático, es decir, un mecanismo de discurso destinado a comunicar —y por lo tanto también con la capacidad de engañar— a través de su dimensión estética. 3732N5

De acuerdo con la lectura de Rubén Gallo, el concreto participó del imaginario moderno de México menos por la vía de lo técnico que por la vía de lo visual cuando a principios de siglo el cemento, el componente en polvo del concreto, capturó a las vanguardias a través de sus trucos visuales y materiales. El ilusionismo, por ejemplo, de cenizas solidificadas, sólidos licuados y piedras abstractas propios de la “magia del cemento” generaba un valor de culto modernizado. 3732N6 Cuando la industria del concreto fuera ya realidad a mediados de siglo, tal y como ha argumentado Luis Castañeda, las habilidades mediáticas del concreto sirvieron particularmente bien para los propósitos discursivos del Estado y el lenguaje esgrimido por los cascarones de Candela resultó particularmente elocuente con respecto al mensaje desarrollista.3732N7 La confluencia de estos análisis lanzados desde lo técnico, lo simbólico y lo político sitúan al concreto como un agente activo tanto en sistemas de producción material como en la producción de relaciones económicas y sociales —convergencia en la que el concreto desenvuelve sus capacidades ilusorias en toda su extensión, o lo que es lo mismo, donde mejor explota el valor de sus errores. Los cascarones que Candela erigiera con Cubiertas Ala han recibido abundante atención en la literatura, pero rara vez desde una visión multifocal que una la historia de la arquitectura con la historia de la tecnología y la política, o desde la perspectiva de los errores que sustentaron su indiscutible éxito. 3732N8 Como veremos, el error no fue sólo decisivo para resolver aspectos estructurales y estéticos de los cascarones, sino que también determinó, y ayuda en este texto para revelar, las condiciones sociales propias de su proceso de producción y, por lo tanto, los trucos que sustentaron su magia.

Félix Candela con Guillermo Rosell y Manuel Larrosa. Capilla abierta de Palmira, Lomas de Cuernavaca, Morelos, 1959. En construcción, 1958. Fuente: Félix Candela Papers, manuscripts Division, Department of Rare Books and Special Collections, Princeton University Library

Félix Candela con Guillermo Rosell y Manuel Larrosa. Capilla abierta de Palmira, Lomas de Cuernavaca, Morelos, 1959. Vista aérea. Fuente: Féliz Candela Architectural REcords and Papers Collection, Avery Drawings and Archives, Columbia University

Dos errores delimitan la exitosa trayectoria de los cascarones de Cubiertas Ala de una manera más determinante: el primero, estructural y repentino, ocurrió a pie de obra casi simultáneamente a la publicación del artículo del Time, y derivó en el colapso de uno de los cascarones; el segundo, financiero y desarrollado al pausado ritmo de la burocracia, tuvo lugar a puerta cerrada años más tarde y resultó en el fallo definitivo de Cubiertas Ala, su quiebra. El primero de estos episodios ya fue descrito en las páginas de Bitácora Arquitectura. Según le contaba el arquitecto Manuel Larrosa a Alfonso Basterra, los trabajadores estaban descimbrando el concreto de la Iglesia de Palmira, en Lomas de Cuernavaca, cuando se percataron de que la revoltura, mezcla de cemento, arena y agua que conforma el concreto líquido, no había fraguado como se esperaba. Alarmados, vieron parte de la estructura colapsar, cayendo cual pesada tela húmeda sobre los restos de cimbra que la sostenía. Sin reportar lesiones importantes, los trabajadores contactaron rápidamente a Candela, diseñador estructural del cascarón y director de la empresa que los contrataba. Pese al revuelo del episodio, cuenta Larrosa que Candela apareció por la obra despreocupado y en seguida comenzó a instruir sobre cómo proceder con la reconstrucción. Fue en esta ocasión cuando Candela reconocía el error y, más concretamente, la posibilidad del colapso como intrínseco, casi inevitable, en su manera de concebir los cascarones. Tanto era así que cuando finalmente ocurrió en Lomas de Cuernavaca, Candela declaraba estar perfectamente preparado para tal incidente, hasta el punto que dicen que aseguró que en Cubiertas Ala a menudo “cobraban sus obras al doble porque algunas veces se caen, y hay que rehacerlas.” 3732N9 Este episodio ocurrió allá por el verano-otoño de 1958 y para febrero del año siguiente la iglesia de Palmira ya se levantaba en sus 21 metros de altura y escasos cuatro centímetros de espesor, una de las estructuras más emblemáticas y celebradas de Candela.

Los detalles del segundo colapso sufrido por Cubiertas Ala, unos 14 años más tarde, son quizá menos conocidos, y sus resultados mucho menos prometedores. A mediodía del 4 de julio de 1973, un funcionario de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) se dirigió a las oficinas de la empresa ubicada en la Calle Insurgentes Centro en la Ciudad de México y ejecutó una orden de incautación de siete escritorios metálicos, cuatro archivadores, tres máquinas de escribir y dos máquinas de cálculo electrónicas de factura internacional, marcas Hermes, Friden y Facit. En la mañana del 22 de octubre se incautaron otras tres máquinas, una de escribir y dos de cálculo que se encontraban, de acuerdo al informe, en perfectas condiciones de uso. En conjunto, los bienes sumaron algo más de 24 000 pesos, adeudados al gestor de la compañía, Antonio Candela y destinados a liquidar las cuotas obreropatronales que la empresa debía al Instituto Mexicano de Seguridad Social (IMSS). 3732N10 El episodio marca el punto semifinal del error financiero que definiría los últimos años de operación de Cubiertas Ala. Una vez presentada la petición de cese de operaciones ante la shcp en noviembre de 1970 —y con sólo uno o dos proyectos por año entre ese momento y su último proyecto en 1975— la compañía quedó prácticamente sin negocio después de la ejecución hipotecaria de 1973. Para entonces, la celebradísima carrera de Candela      —ampliamente descrita en la literatura, reconocida y difundida de manera ejemplar por Juan Ignacio del Cueto y tutelada en parte por los archivos de la unam— ya se había dirigido hacia la enseñanza en Estados Unidos, con su último edificio de renombre: el Palacio de los Deportes (pabellón de deportes olímpicos) en la Ciudad de México en 1968. 3732N11 Mientras que el cascarón de Palmira se levantó de sus escombros cual fénix para liderar el éxito de Cubiertas Ala en la década de 1960, el colapso de la compañía en 1973 demostró ya obsoletos los cascarones y su magia. 3732N12 

A menudo se ha señalado la escalada en los precios de la madera y la creación de salarios mínimos durante la década de los sesenta como causas del final de los cascarones, los cuales se presentan de este modo como inevitables mártires de las inercias financieras del desarrollo. 3732N13 En un artículo más extenso sobre las paradojas entre el discurso de eficiencia que caracterizó los cascarones y las condiciones de producción que los hicieron posibles, y eventualmente imposibles, he ofrecido detalle histórico y numérico a la quiebra de Cubiertas Ala, otorgando a los cascarones y sus responsables un papel activo en el desarrollo de la economía y la legalidad laboral mexicana moderna. 3732N14 Y es que la comparación de estos dos episodios de error apunta a un tercer elemento crucial en el breve, pero intenso periodo de vigencia de los cascarones: el riesgo y, más concretamente, la disparidad con que Candela y sus trabajadores confrontaron el riesgo en la década que sigue al colapso de Cuernavaca. Como veremos, será la acumulación de errores y riesgos en el proceso de perfeccionamiento del sistema de cascarones, lo que provocará el colapso financiero del contrato, al menos en parte y en la medida en que el riesgo transforma su valor simbólico en valor económico, a la vez que se traslada de los cuerpos de los trabajadores a la empresa que los emplea.

La plazuela de la Campana. Dibujo: Fernando Gutiérrez Hernández e Ilkka Törmä, 2016

Puesto en términos visuales, la imagen farragosa del primer colapso —con su concreto perforado, maderas rotas, mallas retorcidas y cientos de clavos huérfanos— implica, si bien a modo de dialéctica negativa, la imagen de las prístinas máquinas de calcular que fueron objeto de embargo. Pues la pulcritud de estas últimas venía a depender del uso excesivo de trabajo, material y riesgo en la obra. El contraste de estas dos imágenes sintetiza el sistema de producción de Cubiertas Ala, así como la estrecha relación que los cascarones establecían entre el trabajo conceptual o inmaterial de Candela y el trabajo material de los trabajadores. 3732N15 Como es bien conocido, Candela confiaba fundamentalmente en técnicas no industrializadas de construcción y en un proceso empírico para el desarrollo de sus cascarones, a lo que él se refería a menudo en términos de intuición experimental. 3732N16 Las prácticas de Cubiertas Ala eran rudimentarias y fundamentadas en una gran cantidad de mano de obra barata, un ritual que las fotografías de Juan Guzmán y Armando Salas Portugal, entre otros, hicieron celebres. 3732N17 Con sus cabezas protegidas del sol y la lluvia por sombreros de paja y bolsas de plástico, las imágenes de obra muestran a los trabajadores mezclando la revoltura, vertiendo a mano las lechadas y tendiendo las varillas de acero, trasegando cubos de arriba para abajo, y vuelta otra vez, mientras sus cuerpos se equilibran sobre las imposibles pendientes de las estructuras en pies de madera, escaleras efímeras y cables dispuestos sobre la marcha. El proceso de diseño de los cascarones estaba intrínsecamente ligado a esta praxis, ya que Candela, en la medida de lo posible, rechazaba hacer estudios previos de viabilidad estructural a través de complejas fórmulas matemáticas. Como él mismo explicaba a menudo, y de manera ufana, no era en el estudio sino en la obra, ni a través del cálculo sino mediante la construcción, donde se producía la información sobre los cascarones. Dicho de otro modo, no eran las calculadoras sino los trabajadores, lo que validaba a los cascarones. Esta idea tiene también su equivalente visual en las conocidas fotografías donde los trabajadores y Candela se paran alineados sobre los cascarones y los paraguas inmediatamente después del descimbrado, la prueba irrefutable de su estabilidad. Como repositorios de información acumulada en obra, los cascarones han de entenderse menos como una serie de objetos discretos que como un sistema tecnológico de mejora gradual: como un sistema que iba adquiriendo complejidad técnica y sofisticación estética con la secuencia de proyectos. En su exhaustivo estudio de los cascarones, Alfonso Basterra, Maria M. Garlock y David Billington han iluminado este punto con respecto al desarrollo progresivo del detalle de borde libre. En su insistencia en solventar el menosprecio de Candela hacia el cálculo con reconstrucciones matemáticas y modelos digitales, Garlock y Billington han producido valiosa información sobre el comportamiento de las estructuras, una información que viene a alimentar el “mantra” de precisión propio de su disciplina ingenieril. 3732N18 Pero la perspectiva crítica de la historia indica que no fue la precisión del cálculo matemático sino el errar de la obra, literalmente el vagar empírico de los procesos de construcción, lo que caracteriza los cascarones no sólo en su dimensión formal sino también, y quizá de manera más relevante, en su condición de espacios de producción intelectual.

Una de las peculiaridades de las obras de Cubiertas Ala, o de los cascarones en construcción, es la manera en que constituyen, en mitad del siglo XX y en un contexto de declarada modernización, algo parecido a lo que Pamela Smith ha descrito como espacios de “epistemología artesanal.” 3832N19 Traído de estudios de prácticas científicas de la modernidad temprana, Smith se refiere a los espacios y prácticas donde la producción material acompaña procesos cognitivos de una manera integrada y corporal, es decir, donde la manipulación de materiales combina el trabajo físico con el trabajo intelectual. Esta teoría empírica del conocimiento se caracteriza también por su desarrollo prolongado en el tiempo y su carácter colectivo, lo cual evoca las maneras de hacer de Cubiertas Ala. Tal y como lo recordaba Juan Antonio Tonda, arquitecto empleado de Cubiertas Ala, la empresa confiaba en un equipo relativamente permanente de maestros de obra y trabajadores, a menudo vinculados por lazos familiares y regionales, que se trasladaban colectivamente de un proyecto a otro, y también se movían de oficio de manera bastante fluida. 3832N20 Éste era el proceso mediante el cual se generaba y acumulaba conocimiento sobre la idoneidad estructural de las formas, sobre el comportamiento de las diferentes mezclas para la revoltura, sobre los tiempos necesarios de cimbrado o el manejo de los tableros para el montaje de las cimbras de madera.

El acopio de conocimiento y de competencia técnica se adquiría, por tanto, a pie de obra, colectivamente y con la secuencia de proyectos. Y era la acumulación de información lo que permitía tomar nuevos riesgos con cada proyecto. En gran medida, cada cascarón actuaba como prototipo de su propia geometría y dimensiones y, en este sentido, Candela insistía en reducir el trabajo previo de oficina en todo lo posible, desde el trabajo asociado al cálculo hasta el asociado al dibujo. A menudo, un plano y dos alzados eran suficientes para describir la geometría completa de la cimbra y el armado. En contraste a esta eficacia del dibujo, Tonda relata lo tedioso de las técnicas de cálculo y su fluctuación a lo largo de los años, primero con reglas de cálculo, más adelante por medio de máquinas calculadoras y, una vez que la Universidad Nacional Autónoma de México instaló el centro de computación, con computadoras de tarjetas perforadas. 3832N21 Es decir, mientras las matemáticas de oficina requerían de innovación tecnológica continua, Candela prefería el conservadurismo de la obra. La precisión juega escaso papel en esta versión moderna de epistemología artesanal, donde su antagónico, el error, era no sólo inevitable sino también sustancial al proceso 

La microhistoria de Palmira resulta, en este sentido, ejemplar. Cubiertas Ala ya había recibido la comisión para colaborar con los arquitectos Manuel Larrosa y Guillermo Rosell en la capilla abierta del fraccionamiento en las Lomas de Cuernavaca, en enero de 1958, cuando la empresa comenzaba las obras para el restaurante Los Manantiales en Xochimilco, el famoso cascarón de borde libre en el que cuatro paraboloides hiperbólicos se encuentran en una planta octogonal alcanzando una altura de 10 metros. El trabajo en Los Manantiales se prologaría hasta marzo, periodo durante el cual Candela, o más bien el colectivo alrededor de la figura de Candela, comienzan a concebir un cascarón de borde libre aún más alto. En febrero, Candela firmó un dibujo para Palmira donde un paraboloide hiperbólico sencillo alcanza la altura de 18 metros. Al término de Xochimilco —con éxito— la cubierta de Palmira se elevó hasta los 24 metros en un diseño firmado en junio de 1958. La versión más elevada muestra tres vigas de refuerzo, una que atraviesa el cascarón en su eje y dos paralelas al borde hacia el interior. Confiado en la estabilidad de la forma, el equipo apura aún más la resistencia del concreto al incluir un calado en la parte superior del cascarón a modo de roseta petrificada diseñada por Rosell. 3832N22

Este fue el diseño que se demostró erróneo, al colapsar durante el descimbrado. En su análisis de la estructura, Garlock y Billington han demostrado la viabilidad numérica del diseño fallido, determinando que el colapso no fue el resultado de excesivo riesgo estructural sino de riesgo de ejecución. 3832N23 Paradójicamente, este estudio sólo acentúa cómo la epistemología de los cascarones es artesanal —y no matemática. Y es que la arquitectura empírica de Cubiertas Ala moviliza los cuerpos de los trabajadores, y no las máquinas calculadoras, como principales tecnologías de producción. Esta forma de tecnología encarnada determina tanto la inviabilidad del cascarón como su subsiguiente reconfiguración. Siguiendo el colapso, el diseño se ajustó haciendo desaparecer el calado, reduciendo la altura del cascarón hasta los 21 metros, e incluyendo una viga de borde. Para no amenazar el lirismo ascendente de la estructura y por dificultades propias del montaje de la cimbra, la sección de este refuerzo se terminó construyendo en sección ascendente. 3832N24 Muchos han querido interpretar estas y otras decisiones de diseño como el resultado del ingenio estructural, e incluso el genio artístico de Candela, una interpretación que alimenta el aura de autor tan celebrado en la arquitectura y sus historias. 3832N25 Candela sin duda otorgaba autoridad al diseño con su firma al dibujo datado en febrero de 1959. 3832N26 Pero esta era una garantía retroactiva. Casi con toda probabilidad, se buscaba que este documento se produjera después de que la obra demostrase la viabilidad del nuevo diseño, un documento que no propone, sino que atestigua y que no surge del intelecto de autor, sino que es resultado de un proceso errático, un proceso que incluye construcción, colapso, múltiples conversaciones a pie de obra, y construcción final. Desde un punto de vista de crítica histórica, el error de Cuernavaca no demuestra tanto el ingenio de Candela sino su confianza en la obra como espacio de investigación: el laboratorio donde cada cascarón prueba llevar la geometría, el material y el proceso de construcción al límite del error.

Análisis de visibilidad en la plazuela. Dibujo: Ilkka Törmä, 2016

El colapso y el éxito de Cuernavaca, o su eventual reconstrucción, apunta al trabajador como la tecnología principal de los cascarones y la fuente de la tan celebrada intuición. La serenidad de Candela frente al accidente demuestra también como ni él ni su compañía eran receptores del riesgo acumulado en obra, un riesgo soportado igualmente por sus trabajadores en una dinámica laboral de desigualdad con respecto al riesgo que era aún intangible. En el verano de 1958, los cuerpos que ocupaban la obra carecían de un aparato administrativo que les reconociese como trabajadores desde una perspectiva legal o que le otorgase valor económico al riesgo como tal. Y es que la construcción de Cuernavaca ocurrió también en el límite de las condiciones históricas que la hicieron viable. La década de los años cincuenta había sido testigo de una escalada de protestas laborales e intensos debates sobre la necesidad de instaurar salarios mínimos, de modo paralelo hubo movilizaciones simbólicas del obrero, una paradoja entre la representación visual y legal del trabajador con larga tradición en México desde la Revolución. 3832N28 La naturaleza de las fotografías de Cuernavaca o Xochimilco en construcción en 1958, referidas con anterioridad, hablan de esta misma urgencia. Éstas fueron tomadas precisamente cuando el secretario de Trabajo, Adolfo López Mateos, era elegido para la presidencia. López Mateos comenzó a implementar sus prometidas políticas sociales de bienestar, la más significativa para nuestra historia en materia laboral quizá fue la promulgación del Artículo 123-B, aprobado el 30 de diciembre de 1959, destinado a fortalecer al Instituto Mexicano de la Seguridad Social (imss), mediante el obligatorio registro de trabajadores y el establecimiento de las cuotas obrero-patronales, entre otras medidas. López Mateos también instauró el salario mínimo diario para los empleados del gobierno en 1960, lo que su sucesor Gustavo Díaz Ordaz extendió a todos los trabajadores no gubernamentales en 1964. 3832N29 Cubiertas Ala asumía comisiones públicas con cierta regularidad y, según los registros de pagos de empresa, se aseguraba de ajustar salarios al legal mínimo. Entre 1954 y 1960, el salario diario del peón en Cubiertas Ala aumentó de 9.6 a 14 pesos, alcanzando los 21.50 pesos en el verano de 1964, equivalente, por lo tanto, al salario mínimo legal diario en la Ciudad de México. En 1973, este número se había duplicado a 41.43 pesos, 10 veces mayor que cuando la compañía comenzó su andadura en 1950, los salarios sin duda descompensaron el costo-beneficio de los cascarones, del que Candela tanto se enorgullecía, pero cuyos fundamentos económicos resultan aún dudosos. 3832N30

Aun así, como declaran los documentos del colapso financiero de Cubiertas Ala en el verano de 1973, lo que la compañía no pudo o no quiso cubrir fueron los pagos de cuotas obrero-patronales al imss. Para entonces Cubiertas Ala quizá acumulara débito en más de un frente. Pero según atestigua el archivo, fueron los costos de las cuotas obrero-patronales, y otros asociados a riesgos laborales, los primeros en su lista de deudores. Los documentos más notorios en demostrar la normalidad del error en Cubiertas Ala, así como la manera en que los riesgos asociados fueron tomando dimensión burocrática, legal y económica, durante la década de 1960, son las formas de riesgos laborales, uno de los pocos registros en papel sobre la cotidianeidad de la obra, aparte de reconocidas fotografías. Mediados no por la lente de la cámara sino por la naturaleza desilusionada de la transacción burocrática advertida por Max Weber, las formas de riesgos laborales pintan una imagen sustancialmente menos heroica del proceso de producción de los cascarones. Pues bien, el 16 de noviembre de 1966, cerca del mediodía, Joaquín Adam Barrales, un peón de 26 años, estaba enfrascado en el descimbrado de una sección de un paraboloide hiperbólico “cuando se le cayó una viga de madera con un peso mayor de 50 kg en la muñeca de su mano izquierda.” Inmediatamente después del accidente, el segundo en los cinco meses que llevaba trabajando para la compañía, Joaquín se dirige a las oficinas de Cubiertas Ala para recibir primeras atenciones, dar parte del accidente y acreditar el formulario. Seguidamente, Joaquín visita un médico oficial del IMSS, quien le recomienda tratamiento médico y tramita la parte inferior del documento donde recomienda una baja laboral de siete días. Tres días después, el 19 de noviembre, Víctor Rivero Lázaro, de 20 años y también un peón, reportaba cómo mientras “bajaba una escalera con un balde lleno de revoltura” se tropezó, “quedando colgando de la pierna izquierda;” su baja fue de seis días. José Bautista Romero de 44 años, albañil, reportó haberse “machucado” un dedo de la mano izquierda, lo que siguió con el pertinente papeleo y una baja de siete días. A Sergio Esteves Guerrero, un carpintero de 28 años, se le cayó “un pedazo de madera que se le introdujo en el pie derecho.” El 21 de noviembre, Avelino Carrera Trujillo, un peón de 23 años pisó un clavo de cuatro pulgadas con su pie izquierdo, lo que le mantuvo de baja durante tres días. 3832N31

Narrados en el lenguaje coloquial de obra y escritos a máquina en la oficina, seguramente por Julia Candela, hermana de Antonio y Félix, y secretaria de Cubiertas Ala, o por Alfredo Gómez Calvillo, contador de la empresa, estos documentos realizan una operación clave al traducir el valor del riesgo desde el simbolismo de los trabajadores que aparecen en las fotografías hacia el valor económico de sus cuerpos, y más concretamente el valor de las manos que echan las lechadas y martillan los clavos y los pies que se equilibran sobre las formas. Estos documentos también demuestran lo inherente y ubicuo del error en las condiciones de obra de Cubiertas Ala, un error que se tornaría intolerable para la empresa, según fue tomando una dimensión económica y legal a lo largo de la década de los años sesenta. En los seis meses que precedieron al accidente de Avelino, nueve trabajadores más pisaron clavos mientras que otros sufrieron otras lesiones varias como resultado, en su mayoría, de caídas en el “terreno fangoso” de la obra. En total, la compañía procesó 20 formularios de riesgo laboral entre el 16 de junio y el 21 de noviembre de 1966, el único periodo para el cual dichos registros permanecen en los archivos de Cubiertas Ala. El imss no tardaría en presentar reclamos retroactivos de deuda contra Cubiertas Ala para cubrir gastos médicos incurridos por esos accidentes en que, amparado por el Artículo 48 de la Ley de Seguridad Social, se demuestren como “producidos intencionalmente por el cliente.” Este fue el caso del percance sufrido por Juan Cervantes Martínez en 1962, cargado a la empresa el 4 de mayo de 1967 por un total de 295.20 pesos. 3832N32

Ninguno de los accidentes registrados en estos documentos parece particularmente dramático, y es fácil suponer que corresponden a incidentes cotidianos. Uno puede especular sobre el montante de errores de este tipo que Cubiertas Ala acumularía en sus más de dos décadas de vigencia, o sobre la gravedad de las lesiones incurridas durante episodios de mayor calibre, como el colapso de un cascarón. Pero, como ya he apuntado al comienzo de esta historia, cuando los trabajadores contactaron a los técnicos después de la caída del cascarón de Palmira en 1958, no informaron de accidentes mayores. Si este fue realmente el caso, o fue más bien la manera en que los arquitectos eligieron recordarlo años más tarde, la cuestión es que en esa coyuntura histórica los trabajadores aún no disponían de los mecanismos burocráticos y legales que les permitieran concebir y reclamar el riesgo que el proceso de construcción sometía sobre las manos y los pies que eran las herramientas principales de los cascarones, y mucho menos adjudicar a este riesgo encarnado un valor económico. En lo heroico de la imagen colectiva de los trabajadores de la construcción, el trabajador como tal aún resultaba invisible. Fue a lo largo de la década siguiente cuando el empleado de Cubiertas Ala, y en general el trabajador de México, fue adquiriendo entidad legal y económica, y con ello el lenguaje y conciencia burocrática con que reclamar el riesgo devenido de los modos erráticos de la industria de la construcción.

En esto, el peón parece tomarle ventaja a su patrón. Y es que el famoso genio inventor de Candela lo abandona bajo este análisis. Si hay algo que distingue la singular trayectoria de los cascarones es su radical contingencia al contexto y sus agentes, es decir, su dependencia del momento histórico y los cuerpos que los hacían viables. Candela lo sabía bien, y no escatimó en esfuerzos intelectuales para formular una teoría crítica de la mecanización y la industrialización. Lector de Ortega y Gasset y Jaques Ellul, Candela defendía un “nuevo humanismo” y lo que vino a llamar la defensa de una “tecnología intermedia,” donde denunciaba “la mecanización total del trabajo [que] implica la eliminación del hombre, considerado un elemento perturbador e impredecible.” 3832N33 Concebido en paralelo a las famosas imágenes de los cascarones en construcción, el discurso de Candela celebraba igualmente al trabajador en todo su heroísmo lirico. Pero en ambas instancias, los trabajadores como sujetos históricos concretos y, por lo tanto, sujetos de derecho económico y civil, permanecían encubiertos: detrás de sus sombreros en las imágenes y detrás una retórica de “humanismo,” en el caso de los escritos de Candela. En su fetichismo hacia técnicas artesanales, Candela no parece reconocer la modernización legal de los trabajadores, ni su condición receptora de los errores innatos de la especulación técnica y estética propia de los cascarones. Y así, la historia termina cuando las máquinas calculadoras, las máquinas cuya modernidad las relega al olvido del estudio en pos de las técnicas corporales que habitaban la obra, se convierten en el medio de pago de los riesgos inferidos a tales cuerpos una vez convertidos en trabajadores con categoría legal. Fue la resistencia de Candela a entender la inevitable modernización de sus tecnologías, la articulación legal de los cuerpos que empleaba, lo que le impidió innovar en los procesos de producción y le permitió justificar su obstinación frente a la máquina.

Por otro lado, esta obstinación amparaba los trucos de su magia. La idealización del trabajo manual no actuaba sino como una diversión, como una estrategia ilusoria que disimulaba la desigualdad en las relaciones sociales de producción generada por los cascarones. Del mismo modo, la obsesión por la innovación formal y estructural funcionó a modo de astucia visual, una ficción destinada a amparar prácticas artesanales bajo una cortina de modernidad. La epistemología artesanal de los cascarones permitió que un número amplio de inmigrantes rurales se insertase en los procesos y espacios propios de la modernización mexicana de mediados de siglo, es decir, la industria de la construcción y el contexto urbano. Pero también participó en la demora de la urgente trasformación de estos agentes en trabajadores en toda su dimensión legal y económica, precisamente en el momento en que México atestiguaba un intenso periodo de desarrollo. Este desequilibrio conformó gran parte del éxito arquitectónico, mediático y empresarial de los cascarones, y provocó también su colapso financiero final. Si la bancarrota de Paconio, el contratista clásico de Vitruvio, con quien comienza esta historia, resultó de su empeño innovador, la de Candela y Cubiertas Ala aconteció al fin y al cabo por su conservadurismo tecnológico.

[i] Ley de Seguro Social, Artículo 48, estipulado por el servicio de deuda del IMSS en la “Notificación” a Cubiertas Ala del 4 de mayo de 1967. Carpeta 8.10. AAM-FAUNAM.

[ii] He desarrollado el perfil teórico de Candela con respecto a un proyecto político relacionado con su condición de exiliado de la dictadura franquista en María González Pendás, “Techniques and Civilization.” Un artículo temprano que señala la influencia de Ortega y Gasset en el pensamiento de Candela es Betty Campbell, “Félix Candela,” Concrete Quarterly 42 (julio-septiembre de 1959), 3-4.

[i] Carpeta 8.7. AAM-FA-UNAM.

[i] . Kevin Middlebrook, The Paradox of Revolution. Labor, the State and Authoritarianism in Mexico (Houston: Johns Hopkins University Press, 1995), 2-3; John Lear, Picturing the Proletariat. Artists and Labor in Revolutionary Mexico, 1908-1940 (Austin: University of Texas Press, 2017).

[ii] . Dan La Botz, The Crisis of Mexican Labor (Nueva York: Praeger, 1988). Nora Hamilton, The Limits of State Autonomy: Post-Revolutionary Mexico (Princeton: Princeton University Press, 2014) [México: Los límites de la autonomía del Estado (Ciudad de México: Era, 1983)].

[iii] Estos datos corresponden al salario del peón, AAM- FA-UNAM. He argumentado cuan caros fueron de hecho los cascarones en María González Pendás, “50 Cents a Foot, 14,500 Buckets”

Referencias

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Varoudis, Tasos. “DepthmapX Multi-Platform Spatial Network Analysis Software.” Disponible en http://varoudis.github.io/depthmapX.

María González Pendás
Profesora, Departamento de Historia del Arte,

Investigadora, Society of Fellows,

Columbia University, Nueva York

Doctora en Teoría e Historia de la Arquitectura,

Columbia University, Nueva York

Arquitecta, Universidad Politécnica de Madrid

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Last modification: September 21, 2020

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