45 ARCHIVOS DE ARQUITECTURAAutores
EditorialCristina López Uribe
I N V E S T I G A C I Ó N 
The Role of Archives in the Graphic Restitution of Monuments: The Case of the Roman Bridge over the Ofanto River near Canosa di Puglia, ItalyGermano Germanò
Notes from an Archiving Project: Building the Private Archive of an Architect in TurkeySelda Bancı
El archivo como obra total. Amancio Williams y la construcción de su memoriaLuis Müller
¿Hacia una dispersión de archivos arquitectónicos?Sergio M. Figuereido
Cuidar en el archivo de arquitectura: una subversión matrísticaLuz Marie Rodríguez López
El legado de George y Geraldine Andrews para México en los Alexander Architectural Archives de AustinLaura Gilabert Sansalvador
Mónica Cejudo Collera
El archivo y la biblioteca: una provocación para otra historia de la arquitectura del siglo XIXM. Fernanda Barrera Rubio Hernández
Archival Impression: (Re)Collecting Gordon Matta-ClarkMarcelo López-Dinardi
E N S A Y O 
Margot's Dilemma: Exit Through the Back DoorTania Tovar Torres
El archivo jovenGuadalupe E. Luna Rodríguez
Patrimonio documental: memoria y futuro del Archivo de Arquitectos MexicanosLourdes Cruz González Franco
Elisa Drago Quaglia
María Eugenia Hernández Sánchez
Le Centre d’archives d’architecture du XXe siècle de la Cité de l’architecture et du patrimoine. Entrevista a David Peyceré Director del Centre d’archives d’architecture du XXe siècleAndrés Ávila Gómez
R E S E Ñ A S 
En torno a la exposición L'art du chantier. Construire et démolir du XVIe au XXIe siècleAndrés Ávila Gómez
Reseña de la exposición: Unterm RadarMichael Andrés Forrero Parra
Reseñas de librosCamilo Alejandro Moreno Iregui
Pamela Caparroso Gutiérrez
Lilián Martínez Villazón Robledo
  
  

El señor de las antinomias

Tedi López Mills

A mis hermanos Cody Lee, Kim, Jon y Darío

45 ARCHIVOS DE ARQUITECTURAAutores
EditorialCristina López Uribe
I N V E S T I G A C I Ó N 
The Role of Archives in the Graphic Restitution of Monuments: The Case of the Roman Bridge over the Ofanto River near Canosa di Puglia, ItalyGermano Germanò
Notes from an Archiving Project: Building the Private Archive of an Architect in TurkeySelda Bancı
El archivo como obra total. Amancio Williams y la construcción de su memoriaLuis Müller
¿Hacia una dispersión de archivos arquitectónicos?Sergio M. Figuereido
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El legado de George y Geraldine Andrews para México en los Alexander Architectural Archives de AustinLaura Gilabert Sansalvador
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El archivo y la biblioteca: una provocación para otra historia de la arquitectura del siglo XIXM. Fernanda Barrera Rubio Hernández
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Margot's Dilemma: Exit Through the Back DoorTania Tovar Torres
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R E S E Ñ A S 
En torno a la exposición L'art du chantier. Construire et démolir du XVIe au XXIe siècleAndrés Ávila Gómez
Reseña de la exposición: Unterm RadarMichael Andrés Forrero Parra
Reseñas de librosCamilo Alejandro Moreno Iregui
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Lilián Martínez Villazón Robledo
  
  
Un arquitecto sin obra visible, visitable, con un archivero lleno de planos y proyectos a gran escala es una anomalía y representa un problema: ¿cómo e, incluso, por qué darlo a conocer? En su historia hay una casa o, más bien, fotos de una casa que él construyó a principios de los años cincuenta del siglo pasado en Lomas de Bezares. La casa, de una sola habitación y fabricada con materiales autóctonos, se hizo moderadamente célebre. Figura, por ejemplo, en el libro Mexico’s Modern Architecture de I. E. Myers, publicado en 1952; la breve nota que acompaña las imágenes expuestas en dos páginas menciona el piso de losas de concreto, la ausencia de muros interiores, el empleo de fibra de coco para aislar, el techo de asbesto corrugado (ahora estaría proscrito) y el pequeño mural pintado por el arquitecto en medio de la extensa vidriera que da al exterior. En 1952, apareció un artículo en Los Angeles Times: “A House for $1 500.” El propósito del arquitecto, se lee ahí, era evitar el empleo de materiales importados. Los muros externos se erigieron con la tierra que se extrajo al excavar el lote, mezclada con cemento y cal. El costo total de la casa         —incluyendo los muebles que se diseñaron específicamente para ese espacio— fue de 13 500 pesos. Hay una foto de la terraza: parece suspendida encima de un hueco que habrá sido el zaguán. En las laderas de la loma sobresalen los magueyes entre las piedras. Algunas de las alacenas dentro de la casa colgaban del techo y un armario era lo que separaba la recámara de la sala y la cocina.
Desconozco qué le ocurrió a la casa o al terreno. Sé que ahí vivió el arquitecto durante dos o tres años con su tercera esposa, estadunidense, antes de mudarse con ella a Nueva York. Me enteré de la existencia de la casa hace poco tiempo. Me puse a investigar en los archivos del arquitecto. Contienen numerosos planos y anteproyectos: el “Hotel Plantación” en Acapulco; una “Escuela Hogar”, la “Casa de Cristal” y el “Cabaret La Atlántida” en la Ciudad de México, y una mansión en la playa de Tecolutla, Veracruz (por mencionar sólo algunos). Sin embargo, no hay nada sobre esa casa que sí se construyó. El arquitecto fue mi padre: Jaime López Bermúdez. Soy la segunda hija de su cuarta esposa. Eso importa para establecer de una vez el vínculo sentimental que, espero, no interfiera más de la cuenta en mi descripción de un ideario arquitectónico extraño, quizá precursor, sin duda muy pesimista, obsesionado con el presente y el futuro de la Ciudad de México. Su punto de vista a lo largo de los años fue girando hacia la catástrofe: hacinamiento, falta absoluta de agua, la ciudad sacrificada en aras del coche. Ya no habría propiamente soluciones sino una necesidad urgente de medidas drásticas. Para evitar el apocalipsis, los habitantes de la Ciudad de México (y al cabo del mundo) tendríamos que aprender a vivir de otro modo: en lo que mi padre denominó la “anticasa,” cuya génesis en dibujos y escritos comenzó en la década de los setenta.

     Pero me estoy adelantando. No es fácil precisar la cronología de la vida de mi padre. Hallé tres inicios de autobiografías escritas en 1969, no sé con qué propósito. Voy a citar extensamente el primer texto. Parafrasearlo equivaldría a arruinarlo.

     Nací en 1916 [el 9 de diciembre]. En un vecindario de las calles de Victoria, donde ahora se halla el edificio de Teléfonos de México. Recuerdo que era una grande construcción colonial de planta rectangular con las habitaciones alineadas al perímetro y un gran patio central con una fuente en el centro, que era el abastecimiento de agua de la comunidad. Ahí vivían mis abuelitos [maternos] en una de esas viviendas y mi mamá se había mudado con ellos para ser cuidada y atendida por ellos en su primer parto. No sé cómo pero recuerdo muy bien esa vivienda que consistía en un gran cuarto lleno de camas, una mesa para comer y sillas; en las paredes y de los techos colgaba el menaje que no era de uso diario: las sillas extras para fiestas familiares, la tina, baúles, mesitas […] En el centro del techo había un tragaluz y entre este cuarto y el patio […] una cocina con braceros y carbón y una angosta y larga zotehuela. ¿El sanitario? Se descolgaba la tina del techo para bañarse y en el fondo del patio había una cloaca con tablas agujereadas que recibía los detritus del que se sentaba […] Mis abuelitos provenían de las inmediaciones de Toluca, hijos de peones de hacienda y peones ellos también […] Tenían cuatro hijas y un hijo que era el menorcito. Mi mamá era la más pequeña [de las hijas] y se casó con mi padre a los catorce años. ¿Cómo y por qué vinieron a radicarse a la capital? Nunca lo he sabido. Tanto mi madre como mis tías evitan hablar de su origen […] les avergüenza la cuna india, máxime que el casarse con españoles las hace sentirse casi europeas […] mi madre toma en las comidas solamente vino tinto, mejor si es español, y nunca prueba el agua […] mucho menos el pulque […] Mi abuelito trabajó casi siempre de velador, portero y ayudante de cantinero […] Murió arrollado por un tranvía, completamente alcoholizado, cuando yo tenía siete años. Era muy dulce y gracioso; siempre estaba haciendo mofa amable del tratamiento orgulloso de sus hijas que en mejores situaciones se sentían demasiado lejos de la cultura, pobreza y cuna de ellos. ¡Ya casi eran “españolas”! Lloré mucho cuando murió y tuve un fuerte ataque de histeria […]. Mi padre llegó a México cuando tenía 15 años, después de haber pasado dos en Cuba. Venía de Petín, un pueblecito de la provincia de Orense en Galicia.

       Traía de España cierta habilidad para injertar frutales, la mínima enseñanza para poder leer, escribir y hacer números y la fe cristiana, como buen español. Se radicó en Morelos y empezó como capataz en los ingenios azucareros de la región […] Comenzó a progresar. Poseyó tiendas y cantinas en ese estado […] Vino la revolución y perdió las tiendas pero ganó comerciando en granos y provisiones que vendía a opuestos grupos revolucionarios. Después, y ya con fortuna, se vino a la capital […] Conoció a mi mamá cuando [él] tenía 33 años […] La belleza de la juventud de mi mamá debió impresionarlo fuertemente, tanto como para atreverse a casar con una mexicana, de otra manera habría ido a España a traer esposa, tal como lo hace el español que progresa en América. Sólo aquel de poca fortuna se casa con india o cuando más vive en amasiato y avergonzado de enseñarla a sus paisanos […].

       Mi padre inició su carrera de arquitectura en 1937 y la terminó en 1941 sin titularse. En la lista que encontré de su generación está Pedro Ramírez Vázquez (si no me equivoco, fueron amigos, colegas acaso incómodos). Durante la carrera trabajó como contratista y al final acumuló suficiente dinero para tomar una decisión drástica: irse a Jalisco, a Ajijic, y dedicarse a pintar, leer filosofía, historia del arte y aprender a tocar el piano. Cuando se le terminó el dinero consiguió algunos contratos de construcción en las costas de Jalisco. “Me hice una choza de opulento anacoreta entre el mar y una laguna y proseguí pintando, leyendo, pensando…” La choza estaba en Barra de Navidad. Vivió ahí con su segunda mujer (con la primera duró muy poco tiempo).

      Pintaba, pintaba, leía, pensaba y lloraba. Y más lloraba cuando me acercaba al indio; estábamos tan lejos que la pobreza a la que yo me forzaba me hería por su falsedad, pues a pesar de no tener dinero, era yo un acaudalado junto al indio […].

         Vivió ahí diez años, aunque los datos varían. Supongo que a su regreso volvió a trabajar como contratista (la fecha del proyecto de Tecolutla es de mayo de 1949). Supongo también —estoy adivinando— que por esos años se construyó la casa de Lomas de Bezares donde vivió hasta 1952. En Nueva York nació su primer hijo. El matrimonio se disolvió rápidamente; mi padre viajó a Chicago, pasó la Navidad en el aeropuerto y luego tomó un chárter a Los Ángeles; estuvo ahí un par de meses y luego comenzó su retorno a la Ciudad de México. Tan pronto se recuperó del divorcio y del peregrinaje, consiguió una pequeña planta de procesamiento de mármol y ónix, en la que durante un poco más de dos años diseñó, fabricó y vendió muebles, esculturas, cubiertos, vasos, copas, ceniceros, platos, tableros y piezas de ajedrez.

        Por desgracia, el negocio no funcionó: el esfuerzo era descomunal y las ganancias no lo compensaban. Para entonces mi padre ya había adquirido un terreno en Acapulco y vio la oportunidad de ir comprando y vendiendo lotes:

      Inmediatamente monté una oficina [Promotora de Bienes Raíces] en un edificio nuevo, frente a la central del Banco Nacional, en Isabel la Católica [núm. 46, despacho 202] […] Era pequeña, 10 x 4 mts., con una pequeña sala para mi secretaria y asientos de espera. Una larga oficina personal […] con mesa baja y grande, para exposición, y un largo escritorio integrado a mi restirador de dibujo junto a la ventana. Todo en mármol gris, fierro negro, cojines amarillo cromo y café intensos. Pagué seis meses de renta adelantada y comencé mi promoción, muy limitada, con unos pequeños anuncios en la primera plana de El Universal. Diseñé y ordené, de inmediato, toda la papelería. Compré una calculadorcita, caja fuerte, máquina de escribir Olivetti […] Todo muy frugal […] Inauguramos con una pequeña fiesta ceremonial.

 
Esther McCoy, “A house for $1500,” Los Angeles Times Homes Magazine (19 de octubre de 1952)
Los proyectos arquitectónicos se siguieron elaborando paralelamente (por ejemplo, el del “Cabaret La Atlántida” corresponde a 1955). Mi padre buscó la ayuda de socios para la venta de los lotes; sin embargo, poco a poco se fue dando cuenta de que no era un buen vendedor: “me faltaba la convicción de la bondad de mi mercancía, cuya problemática iba […] descubriendo: terrenos invadidos, incomunicados y marginados del auge alemanista.” Cerró su despacho y, junto con mi madre, se concentró en una nueva aventura: El Coyote Flaco, en la calle Francisco Sosa en Coyoacán. Abrió en octubre de 1961, como un salón de té y café. Salvador Novo hizo un comentario al respecto en La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo López Mateos en la entrada del 14 de enero:

Siempre me ha conmovido el nombre y la figura de este don Francisco Sosa a quien no alcancé a conocer; que está sepultado aquí cerca de espaldas de la Capilla, en el humilde panteón de Xoco; a quien apenas hace poco se le hizo la justicia de dar su nombre a la calle en que vivió en Coyoacán, en una casa en cuya desparecida biblioteca andan ahora instalando una fonda que llamarán El Coyote Flaco.

Sin duda a Novo no le fascinó el hecho: un cafetín en una biblioteca de un hombre ilustre en una calle de abolengo. “La idea original” —según mi padre— “fue la de un juguete circunstancial, pero su éxito me llevó a desarrollarlo en restorán y catering.” En sus escritos autobiográficos contextualiza en tres ocasiones y con ira creciente nuestra larga estancia en Coyoacán:

Vivimos en un barrio aristocrático rodeados de cientos de niños miserables de las casuchas vecinas, en una situación contrastantemente absurda pero muy mexicana […].

Yo vivo con mi familia en una romántica avenida de Coyoacán llena de casas lujosas y rodeados de miles de niños miserables en una situación contrastante que no asombra a ningún mexicano por ser cosa corriente […].

Yo vivo en un “país” mierda. Donde tres sirvientas fanáticas y analfabetas me preparan chilaquiles y hot cakes en las mañanas, un miserable persiste en existir con el producto de la venta de periódicos, el otro entregando la leche, aquel recogiendo basura, ese comprándome las botellas vacías y papeles viejos, mientras yo tomo ese desayuno a las diez de la mañana y me gasto tres horas entre bañarme, vestirme y leer cagando. Consumo en jabón, gas para el agua caliente, lavado de toallas y otros caprichitos de toaleta masculina, más que cualquiera de los otros tipos requieren para comer su escasa dieta diaria

Pero el “ta-ta-chún” persiste: “ahí voy con mi revolución.”

El Coyote Flaco duró hasta 1976. En todo ese tiempo mi padre no abandonó el asunto de los terrenos en Acapulco y tampoco, por fortuna, la pintura y los proyectos arquitectónicos. Alrededor de 1974 tuvo una especie de epifanía que alteró su visión de la arquitectura y lo condujo a su proyecto más ambicioso, que resumió en un escrito con múltiples dibujos: “Tratado de antinomia de vivencias.” Era una declaración de guerra contra lo que él denominó los cuatro conceptos antinómicos: el mueble, el agua, el fuego y la piedra. En el caso del mueble, por ejemplo, la silla sintetizaba nuestras pésimas costumbres:

Si nos sentamos a comer, a trabajar, a cagar, etc., requeriremos finalmente de comedor, oficina, sanitario […]. La aberración presente resulta en la ocupación de más del 85% del área y volumen […]. La casa de ahora se hace para albergar muebles […] relegando al humano y sometiéndolo a la rigidez de los conceptos habitacionales inamovibles de salas, estancias, comedores, cocinas […].

O el uso dispendioso del agua: “nuestra higiene habitual es un caro, complejo y absurdo medio de acarreo de nuestra mugre, nuestros desechos […].” Había que abolir el excusado y, claro, la regadera. Sería un concepto integral: en el espacio de esa anti-casa sin muebles se comería de otra manera y, en consecuencia, se descomería también de otra, más austera, menos barroca. Se sustituiría lo cocido por lo crudo, se adoptarían procedimientos de la cocina oriental. El fuego ya no sería el corazón de la cocina. Mi padre dibujó cada elemento de este nuevo espacio: la pínula anal con su bolsa desechable, la regadera empotrada y portátil, la cocina abatible con una sola olla y el Spork, un solo cubierto: cuchara, tenedor y cuchillo a la vez. El “Tratado…” desembocó en una propuesta: erigir plataformas encima de la Ciudad de México y construir ahí los conjuntos y racimos de casas ovaladas: Uekali. El objetivo sería que la gente viviera en este segundo piso y que la circulación, el desplazamiento, se realizara abajo. Parte esencial del proyecto consistía en abolir el coche. No sólo debía fomentarse el transporte público masivo, sino la fabricación de vehículos pequeños, unitarios, lentos. El gran privilegiado de esta ciudad del futuro sería el peatón. Incluso, en la década de los ochenta, mi padre lanzó un manifiesto para constituir una Asociación para la Protección del Peatón: “Al agrupar al 85% de una población citadina sin más condición común que la de ser peatón, espectacularmente consolida y aglutina a un gran conglomerado social —a pesar de sus diferencias raciales, culturales, políticas, ideológicas y económicas— de enorme impacto en la concepción de representaciones políticas.” Organizar a los peatones llevaría a una transformación de la sociedad: todos seríamos caminantes.

El Coyote Flaco duró hasta 1976. En todo ese tiempo mi padre no abandonó el asunto de los terrenos en Acapulco y tampoco, por fortuna, la pintura y los proyectos arquitectónicos. Alrededor de 1974 tuvo una especie de epifanía que alteró su visión de la arquitectura y lo condujo a su proyecto más ambicioso, que resumió en un escrito con múltiples dibujos: “Tratado de antinomia de vivencias.” Era una declaración de guerra contra lo que él denominó los cuatro conceptos antinómicos: el mueble, el agua, el fuego y la piedra. En el caso del mueble, por ejemplo, la silla sintetizaba nuestras pésimas costumbres:

Si nos sentamos a comer, a trabajar, a cagar, etc., requeriremos finalmente de comedor, oficina, sanitario […]. La aberración presente resulta en la ocupación de más del 85% del área y volumen […]. La casa de ahora se hace para albergar muebles […] relegando al humano y sometiéndolo a la rigidez de los conceptos habitacionales inamovibles de salas, estancias, comedores, cocinas […].

O el uso dispendioso del agua: “nuestra higiene habitual es un caro, complejo y absurdo medio de acarreo de nuestra mugre, nuestros desechos […].” Había que abolir el excusado y, claro, la regadera. Sería un concepto integral: en el espacio de esa anti-casa sin muebles se comería de otra manera y, en consecuencia, se descomería también de otra, más austera, menos barroca. Se sustituiría lo cocido por lo crudo, se adoptarían procedimientos de la cocina oriental. El fuego ya no sería el corazón de la cocina. Mi padre dibujó cada elemento de este nuevo espacio: la pínula anal con su bolsa desechable, la regadera empotrada y portátil, la cocina abatible con una sola olla y el Spork, un solo cubierto: cuchara, tenedor y cuchillo a la vez. El “Tratado…” desembocó en una propuesta: erigir plataformas encima de la Ciudad de México y construir ahí los conjuntos y racimos de casas ovaladas: Uekali. El objetivo sería que la gente viviera en este segundo piso y que la circulación, el desplazamiento, se realizara abajo. Parte esencial del proyecto consistía en abolir el coche. No sólo debía fomentarse el transporte público masivo, sino la fabricación de vehículos pequeños, unitarios, lentos. El gran privilegiado de esta ciudad del futuro sería el peatón. Incluso, en la década de los ochenta, mi padre lanzó un manifiesto para constituir una Asociación para la Protección del Peatón: “Al agrupar al 85% de una población citadina sin más condición común que la de ser peatón, espectacularmente consolida y aglutina a un gran conglomerado social —a pesar de sus diferencias raciales, culturales, políticas, ideológicas y económicas— de enorme impacto en la concepción de representaciones políticas.” Organizar a los peatones llevaría a una transformación de la sociedad: todos seríamos caminantes.

El Coyote Flaco duró hasta 1976. En todo ese tiempo mi padre no abandonó el asunto de los terrenos en Acapulco y tampoco, por fortuna, la pintura y los proyectos arquitectónicos. Alrededor de 1974 tuvo una especie de epifanía que alteró su visión de la arquitectura y lo condujo a su proyecto más ambicioso, que resumió en un escrito con múltiples dibujos: “Tratado de antinomia de vivencias.” Era una declaración de guerra contra lo que él denominó los cuatro conceptos antinómicos: el mueble, el agua, el fuego y la piedra. En el caso del mueble, por ejemplo, la silla sintetizaba nuestras pésimas costumbres:

Si nos sentamos a comer, a trabajar, a cagar, etc., requeriremos finalmente de comedor, oficina, sanitario […]. La aberración presente resulta en la ocupación de más del 85% del área y volumen […]. La casa de ahora se hace para albergar muebles […] relegando al humano y sometiéndolo a la rigidez de los conceptos habitacionales inamovibles de salas, estancias, comedores, cocinas […].

O el uso dispendioso del agua: “nuestra higiene habitual es un caro, complejo y absurdo medio de acarreo de nuestra mugre, nuestros desechos […].” Había que abolir el excusado y, claro, la regadera. Sería un concepto integral: en el espacio de esa anti-casa sin muebles se comería de otra manera y, en consecuencia, se descomería también de otra, más austera, menos barroca. Se sustituiría lo cocido por lo crudo, se adoptarían procedimientos de la cocina oriental. El fuego ya no sería el corazón de la cocina. Mi padre dibujó cada elemento de este nuevo espacio: la pínula anal con su bolsa desechable, la regadera empotrada y portátil, la cocina abatible con una sola olla y el Spork, un solo cubierto: cuchara, tenedor y cuchillo a la vez. El “Tratado…” desembocó en una propuesta: erigir plataformas encima de la Ciudad de México y construir ahí los conjuntos y racimos de casas ovaladas: Uekali. El objetivo sería que la gente viviera en este segundo piso y que la circulación, el desplazamiento, se realizara abajo. Parte esencial del proyecto consistía en abolir el coche. No sólo debía fomentarse el transporte público masivo, sino la fabricación de vehículos pequeños, unitarios, lentos. El gran privilegiado de esta ciudad del futuro sería el peatón. Incluso, en la década de los ochenta, mi padre lanzó un manifiesto para constituir una Asociación para la Protección del Peatón: “Al agrupar al 85% de una población citadina sin más condición común que la de ser peatón, espectacularmente consolida y aglutina a un gran conglomerado social —a pesar de sus diferencias raciales, culturales, políticas, ideológicas y económicas— de enorme impacto en la concepción de representaciones políticas.” Organizar a los peatones llevaría a una transformación de la sociedad: todos seríamos caminantes.

En un texto titulado “Crónica de una herencia” —escrito, sospecho, ya cerca del final de su vida con esa misma máquina Olivetti que compró para el despacho de Isabel la Católica— hay un párrafo que resume sus reflexiones o decepciones arquitectónicas:

En México sólo se concebía la arquitectura como un lujo ostentoso al estilo de la afluente sociedad de los E.U. y no como una urgente necesidad social de habitación. Nuestra arquitectura no debía ser formalista, espectacular, sino estrictamente congruente con nuestro medio mexicano, pobre, subdesarrollado, de gran vitalidad, y lejos del funcionalismo sofisticadamente tecnificado del Bauhaus del que me había nutrido conceptualmente. ¿Cómo copiar estilos, destinar malabarismos de forma y función? Yo simpaticé de joven con la actitud realista y socialmente responsable de “rojos funcionalistas” como O’Gorman, Cacho, Guerrero, Yáñez, Arai, los rechazados por la fluyente burguesía […] Yo concebía mis aborrecibles [falta una palabra] con economía de superficie, volumen y costo, que repugnaban a mi cliente, ansioso por vivir a la House and Garden […]. México anhela parecer, no ser.

En un artículo del crítico de arte Antonio Rodríguez, publicado en la revista Siempre! seguramente a finales de los años cuarenta, mi padre declaró que “podía ganar mucho dinero […] construyendo casas de acuerdo con los gustos y los dictámenes de los nuevos ricos de las colonias Polanco y Anzures.” Pero tomar caminos fáciles (o hasta prácticos) nunca fue lo suyo. Tenía que haber vericuetos, laberintos, no atajos. Cuando se internó en su proyecto de las antinomias y la anti-casa ya se había marginado del gremio de los arquitectos. El reingreso iba a ser imposible, especialmente con un proyecto de dimensiones monumentales y políticas. En su archivo hay numerosas fotocopias de los croquis, los bosquejos y los textos. Lo sustancial estaba dibujado y, por lo tanto, resulta comprensible. Sin embargo, la lectura de los documentos se dificulta porque mi padre decidió que al español le sobraban varias letras y, acto seguido, las suprimió; no sólo había que aceptar la compleja noción de las nuevas viviendas en forma de huevo encima de la antigua ciudad, sino intentar entenderla en un español comprimido. En octubre de 1984 y enero, marzo, abril y mayo de 1985 le envió su “Tratado…” al regente Ramón Aguirre. Las diversas cartas dirigidas a él tienen sello de acuse de recibo. Dudo que nuestra burocracia sea tan minuciosa y eficiente como otras, que guarde aun lo que no va a revisar. Probablemente la carpeta llena de dibujos y palabras extravagantes como “dspnsa” y “mikrorno” habrá acabado en el basurero de la antesala del regente. En todo caso, mi padre nunca recibió respuesta.

El “Tratado…” se fue convirtiendo en un pequeño libro: Respuesta al embolismo urbano del siglo xx; en la parte inferior de la portada dice en la letra manuscrita, caligráfica, de mi padre: léalo despacio, y en la portadilla, también con esa letra, “En la Kaótica Metropolitana.” A partir de ahí comienza la serie de dibujos intercalados con las explicaciones de cada uno de los cuatro capítulos:

D SER. Desistiéndose dekapitar al Distrito Federal y duplíkase […] el área urvana con un segundo piso –sin extenderla–
D MOVER. Erradíkese el automóvil X demandar enorme infraestructura, inversión deteriorable, mantenimiento, enerjéticos […] y xke [son] ovjeto de explotación.
D AVITAR. N la avitasion dévese revolusionar […] al agua pa ijienisar. L fuego pa kosinar. L muevle pa komodidad y la piedra pa konstruir y rekonseptuando la casa y la ciudad.
D UE-KALI. Despegándose de la superficie kon lijeresa industrial pa vrinkar al segundo piso y a la vertikalisasión aérea del Ue-kali.

Si yo optara por las conclusiones, las de esta historia serían tristes: Jaime López Bermúdez murió el 16 de enero de 1989, sin que el proyecto de su vida le interesara jamás a alguna institución, a algún patronato o a algún despacho de arquitectos en México. Él nunca desistió: los envíos de fotocopias y las llamadas telefónicas continuaron hasta cerca del final. Sin duda habría sido deseable otro desenlace. Sin embargo, aquí están los archivos, el tratado, el libro, los objetos de mármol y los cuadros. Prefiero, pues, apostarle a la curiosidad o a la fascinación: a que se abra una puerta y la moneda, la que aviento ahora, quede en el aire.

Tedi López Mills

Poeta y ensayista mexicana

Actualmente pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte

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Bitácora Arquitectura Número 43, julio - noviembre 2019 es una publicación cuatrimestral, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán, C.P. 04510, Ciudad de México,
a través de la Coordinación editorial de la Facultad de Arquitectura, Circuito Escolar s/n, Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán, Ciudad de México, C.P. 04510, teléfono: 56 22 03 18.

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Last modification: September 21, 2020

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