El porqué [por qué / porque] del español

Dana Cuevas Padilla

Editorial

No es casualidad que el idioma más hablado en México sea el español. Esto es producto de un proceso complejo que involucra evoluciones, asimilaciones, adopciones, imposiciones y, sobre todo, muchos errores. Nuestra lengua, el sistema de comunicación que empleamos para expresar desde las ideas más simples hasta los conceptos más abstractos, es parte definitoria de lo que somos -aunque muchas veces no estemos del todo conscientes de ello; nos pensamos y construimos en un español mexicano del siglo XXI… pero, ¿cómo llegamos a él?

            Errare humanum est es una relativamente conocida frase latina que ha perdurado hasta nuestros días; no así el resto del idioma del Imperio romano. Su traducción literal sería: “errar es de humanos.” La expresión se completaba con una segunda parte que no trascendió como la primera: sed perseverare diabolicum, el significado de la sentencia completa sería errar es natural a los humanos, pero perseverar en ello es una condición diabólica. Está registrada -no siempre palabra por palabra- en varios textos de autores clásicos: Cicerón, Séneca el Viejo y San Agustín. Actualmente, podríamos sólo leer la frase en latín y nos sería comprensible, al igual que otras palabras que leemos y usamos cotidianamente: un doctorado honoris causa, un hecho per se, carpe diem como sentencia de vida, o enviar un currículum. ¿Por qué nos son familiares y las entendemos?

El español es una de las lenguas romances, término que viene de roman, los herederos de los romanos. Ejemplos de otros romances son el portugués, el francés, el catalán y el italiano. Por eso también nos suenan conocidos, los podemos entender al oírlos o al leerlos (algunos mejor que otros). Cada uno de ellos es producto de la evolución, resultado de diferentes mecanismos que hicieron que actualmente hablemos uno y no otro.

La lengua es un ente vivo. Mientras la hablamos, la mantenemos. El latín es una lengua muerta, no tiene ningún hablante natural registrado desde hace cientos de años, ya sólo existe en los textos o se estudia en las aulas. La lengua evoluciona: hace cerca de siete mil años se hablaba el protoindoeuropeo, del cual derivaron muchísimos de nuestros idiomas actuales (de la rama germánica surgieron el alemán y el inglés; de la rama helénica, el griego; de la rama itálica el latín y de ahí los romances: portugués, español, catalán, provenzal, francés, sardo, italiano y rumano, este último el más fiel al nombre original de la lengua).

Del protoindoeuropeo quedan pocos vestigios, casi nada, pero tenemos certeza de su existencia por raíces que comparten palabras en muchos idiomas. Es el caso de los términos para referirse a nuestros progenitores, que en protoindoeuropeo eran pater y mater y los detectamos tal cual, en latín, como father y mother en inglés, père y mère en francés, vater y mutter en alemán. Hay que considerar que los fonemas 3790N1 p y m, bilabiales sonoros, son de los más fáciles de pronunciar, por eso las primeras palabras de los niños tienden a ser pa y ma. Los términos pueden sonar complejos, no hace falta que sepamos qué es un fonema bilabial o uno dental, los usamos y los conocemos: para pronunciar una p juntamos ambos labios, es relativamente sencillo; en cambio, una f implica usar también los dientes, colocarlos sobre el labio inferior y por eso es más rebuscado -es un fonema dental-; ni hablar de uno de los más complicados, el fonema vibrante r, por eso a muchos pequeños les cuesta tanto trabajo (se llama vibrante porque es el efecto que se produce en la boca, al usar la lengua y el paladar duro, la zona alveolar).

 La rama de la lingüística llamada filología se dedica a analizar los textos antiguos, a estudiar la evolución de una lengua y rastrear sus inicios. Esta ciencia es la que ha logrado dar con orígenes y raíces de las lenguas que se perdieron con el paso de los siglos. Entender nuestros idiomas forma parte de nosotros, de la inquietud por saber quiénes somos, de dónde venimos. La etimología es otra especialidad lingüística que estudia la evolución de las palabras, sus orígenes; es la que nos enseña que virtud y viril vienen ambas de una misma raíz latina: vir, hombre; o que huésped y hospital comparten raíz en la palabra latina hospes, huésped. 3790N2 

Más allá de una simple herramienta de comunicación, las lenguas han sido determinantes en algunos momentos históricos, por ejemplo, Dante Alighieri escribió su Divina comedia entre 1304 y 1321 en italiano (un italiano diferente al de hoy) y no en latín. Se trata del primer libro escrito en un romance vulgar, lo cual fue muy revolucionario porque todos los libros se escribían y publicaban en latín o griego. Lengua vulgar no remite al sentido peyorativo que le damos actualmente a este término; vulgar viene del vulgo, el pueblo, lo popular. El latín ya no era el idioma de la gente, sólo el de los eruditos, el que se usaba para escribir. “El español y las demás lenguas romances, en efecto, no proceden del latín empleado por los supremos artífices del lenguaje, sino del latín de la gente corriente y moliente, el latín hablado en las casas, en las calles, en los campos, en los talleres, en los cuarteles.” 3790N3 

 Escribir en el idioma que hablaban las personas día a día era un acto de resistencia, similar al de Lutero al publicar su Biblia traducida al alemán en 1534 y que causó un cisma en la Iglesia. Los primeros testimonios del español escrito son anotaciones al margen en libros escritos en latín o árabe, son actualizaciones y explicaciones de lo que dice el texto, puesto que la lectura se dificultaba debido a los arcaísmos. El latín presentaba enormes dificultades, muchas formas y elementos se enunciaban mediante casos y declinaciones: un adjetivo se distinguía del sustantivo por su terminación; la morfología de la lengua, rica y compleja, era el mecanismo para marcar la concordancia, pero no tenía un orden rígido.

Una regla general para las lenguas -no sólo las latinas o romances- es conocida como “ley del menor esfuerzo,” esto quiere decir que los hablantes suelen encontrar la forma de simplificar lo que se les dificulta. Para diferenciar rosa (rosa, el caso nominativo que enunciaba el sujeto) de rosae (de la rosa, caso genitivo que indica adjetivos o adverbios) era más sencillo agregar preposiciones y artículos como “de” y “la”. Otro fenómeno lingüístico que determinó la evolución del latín al español fue la yod, un término tan complicado (existen cuatro tipos distintos de yod) que requiere muchos años de estudio pues está lleno de reglas y excepciones: por lo general se presenta en los diptongos latinos y los “simplifica,” pero también se podía producir entre consonantes. La yod transformó caelum en cielo, lacte en leche y aranea en araña. Los diptongos latinos tenían una pronunciación complicada debido a su duración, ritmo y el timbre de las vocales; en algunos casos se extinguieron, en otros cambiaron debido a la yod y en otros romances persisten esas diferencias en el tiempo de pronunciación.

Antes de que la península ibérica formara parte del Imperio romano, muchos pueblos disímiles la habitaron. Entre ellos, uno de los más grandes fueron los iberos. La mezcla del latín con la lengua de los iberos es una de las principales razones de por qué hablamos español y no catalán o francés (estos otros dos romances tuvieron más contacto con los idiomas de otros pueblos, como los galos o las tribus nómadas indigetes y carretanos). La solitaria lengua prerromana que subsiste en la península es el vasco. 3790N4 

A la mezcla de lenguas prerromanas y latín se sumó, en el siglo viii, la conquista musulmana de la entonces Hispania para convertirla en al-Ándalus (Andalucía es la única comunidad que conserva parte del nombre árabe de la península). Durante 781 años -hasta que en 1492 los Reyes Católicos concluyeron la reconquista- los árabes gobernaron estas tierras y de ahí provienen los miles de arabismos que usamos todos los días: aceituna, arroz, asesino, naranja o el nombre de las dos ciudades, en Europa y América, llamadas Guadalajara (cuya traducción del árabe sería valle de los castillos).

Lo mismo pasó cuando el español 3790N5 llegó a nuestro continente: entró en contacto con todas las lenguas indígenas que se empleaban de este lado del mundo, y sí, por eso es distinto el español que hablamos en México del que se usa en Chile o en Colombia, y sí, eventualmente, con el paso del tiempo, pudiera suceder que nuestros dialectos cambien tanto que se conviertan en lenguas distintas (aunque el factor globalizante es una variable en las ecuaciones lingüísticas que habrá que considerar). En México siguen siendo idiomas oficiales más de 60 lenguas indígenas, aunque algunas tengan muchos más hablantes que otras. Y todos los días usamos palabras del náhuatl, del purépecha y del maya: les decimos papalotes a los cometas (papalotl es mariposa en náhuatl), huaraches a las sandalias (proveniente del purépecha o tarasco) o, algunos, nos referimos al ombligo como tuch (del maya). No hace falta cruzar fronteras para oír las diferencias entre hablantes: el español de la Ciudad de México es distinto al de Monterrey o el de Veracruz; cambian los acentos, se usan palabras distintas; por ejemplo, en el norte se estila mucho referirse a los refrescos como sodas, debido a un contacto más cercano con el inglés; el acento de la península de Yucatán conserva tonos que caracterizaban al maya y los de la capital tenemos un cantadito muy característico.

 

Estudiar la forma en que los niños se apropian del lenguaje y comienzan a elaborar sus oraciones es una manera de atestiguar la gestación del mismo: gracias a su lógica básica podemos aprender sobre algunos errores del lenguaje que nosotros ya no percibimos a causa del uso cotidiano que hacemos de éste. Cuando escuchamos a un niño decir: “no cabo” procedemos de inmediato a corregirlo; pero él está en lo correcto: la primera persona singular del presente de indicativo de los verbos terminados en -er generalmente se conjuga en -o: yo como, yo juego, yo tengo, yo cabo. Nos suena a sacrilegio pero es lo lógico.

Tendemos a la hipercorrección, pecamos de cultos y muchas personas hallan un secreto placer en corregir los errores de los demás, sin enterarnos que varias concepciones “correctas” del lenguaje, no lo son tanto. El prefijo híper- proviene del griego: exceso o grado superior. La híper o ultracorrección es un fenómeno lingüístico donde se juzgan como incorrectas palabras (muchas veces por asociación con otros términos) que en realidad no contienen ningún error. Asimismo, la hipercorrección produce términos incorrectos por una asimilación con otros que los hablantes juzgan como correctos, por ejemplo, decir “bacalado” en lugar de bacalao. Rostro nos parece ahora una forma mucho más culta que cara, pero en un principio referir al rostrum era referirse a la cara de un pájaro o de un cerdo, era un término despectivo. Lo mismo pasa con pelo y cabello, la segunda pasa por ser más refinada, pero ambas vienen de la misma palabra latina: capellum y tienen la misma “calidad,” podríamos decir. Si escuchamos a alguien decir “murciégalo,” inmediatamente lo corregimos: se dice “murciélago.” Lo cierto es que, en un inicio, murciégalo era la palabra correcta y es una prueba clara de la evolución del español: las palabras latinas murem caecum, ratón ciego, se fusionaron para crear una sola, pero el sufijo -galo es de origen ibérico. La hipercorrección condujo a cambiar el -galo por -lago.

Lo que nunca debemos olvidar es que la lengua le pertenece a sus hablantes. Existen autoridades, como la Real Academia de la Lengua Española y sus academias asociadas en los diferentes países hispanoparlantes, pero éstas deben tener un carácter descriptivo y no prescriptivo; su función es estudiar la lengua, explicar sus cambios y aceptarlos (aunque es un proceso largo que conlleva algunas peleas). Lo podemos verificar en dos casos del verbo haber, uno casi completamente terminado y el segundo en proceso de gestación. El primero es “habemos;” todos lo hemos oído: “habemos muchos hablantes de español en el mundo.” La conjugación del verbo haber (un verbo principalmente auxiliar que se liga a muchos otros) para la primera persona del plural en presente de indicativo es hemos. Jamás diríamos: “hemos muchas personas aquí.” En este particular caso, el verbo haber funciona como defectivo, es decir, no se conjuga: “hay muchas personas” es lo correcto. Habemos es un arcaísmo, lo podemos encontrar en textos antiguos, pero la realidad es que la gente lo continúa usando. Ahora, casi al finalizar la segunda década del siglo xxi, la rae lo ha aceptado como propio de la “lengua vulgar o lengua popular.” 3790N6 La experiencia y la historia nos han enseñado que quien manda en el proceso de evolución de una lengua es el pueblo, los hablantes, a partir del uso que le dan a la lengua. Todavía, sin embargo, hay mucha gente que siente arder sus oídos al escucharlo y experimenta enorme satisfacción corrigiendo a quienes sueltan por ahí un “habemos”.

El segundo ejemplo aún no encuentra siquiera reconocimiento por parte de las rimbombantes autoridades lingüísticas. Varios verbos terminados en -er conjugan el presente de subjuntivo de la primera persona en -aiga, el modelo es caer-caiga. Los hablantes de la lengua no saben qué es un subjuntivo, cómo se conjuga, para qué se usa -es un modo verbal que expresa algo que no es, pero se desea, virtual e inespecífico: que sea, que pase, que suceda-; eso no es impedimento para que todos lo usemos cotidianamente. Siguiendo la regla gramatical, mucha gente conjuga nuevamente el verbo haber igual que caer y pronuncian el subjuntivo “haiga.” De hecho, en el pasado era la norma correcta, pero se impuso el cultismo haya y ahora se le cataloga de “barbarismo” (un barbarismo, según la Academia de la Lengua, es un error lingüístico que consiste en pronunciar o escribir mal una palabra o usar términos impropios). Pero ya sabemos que la lengua no es de la gente culta y, al igual que el latín, quedó sólo en los libros, lo mismo sucederá con haya, y en un futuro (no sabemos si cercano o lejano) haiga que pronunciarlo así.

 

Dana Cuevas Padilla

Licenciada en Lengua y literatura hispánicas

Facultad de Filosofía y Letras

Universidad Nacional Autónoma de México

dgabriela.cuevas@gmail.com

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Last modification: September 21, 2020

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